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domingo, diciembre 29, 2013

Cuento de fieles

Érase una vez la aparición, en este universo, de una especie, de seres heterótrofos y con conciencia, capaces de pensar y crear herramientas, y modificar su entorno. Seres que dominaron su mundo, poblaron todo su planeta y sometieron a su voluntad a las demás criaturas.

Estos seres inventaron dioses para explicarse el mundo y sus fenómenos, que poco conocían. A cada suceso inesperado, en un comienzo, inventaron dioses para ponerle un nombre y concederle un poder respectivo. El miedo gobernaba a estos seres; su entendimiento, temprano, no estaba aun completamente desarrollado.
Hasta que algunos de ellos, por experimentación y por estudio, con tenacidad, valor y curiosidad, fueron conociendo y comprendiendo las leyes físicas, naturales, que todo lo gobiernan, y amasaron el método que nos permite conocer el mundo en el que vivimos con certeza y exactitud. Los miedos y los dioses se fueron empequeñeciendo, salvo para los reacios fanáticos, quienes convencidos -aunque sin pruebas- que sus dioses eran reales, sometieron a los que consideraron herejes -sean creyentes de otros dioses distintos, o escépticos-: los torturaron, mutilaron e intimidaron. Coparon así el poder, y perduraron sus miedos, aunque, ambivalentemente, fueron aceptando cada uno de los inventos de aquellos que sí regían su vida por la experimentación y el escepticismo. Los más desesperados de estos fieles intentan aún hoy disfrazar de cientifismo sus ideas no demostradas, creando teorías absurdas compatibles con sus dogmas de cabecera y recurriendo a falacias lógicas.

Algunos de estos seres crearon instituciones para gobernar a las masas: eclesiales, políticas, económicas -y más adelante deportivas y comunicacionales-. Todas ellas tenían como objetivo controlar a dichas masas, y convenían entre ellas necesidades e intereses por preservar su poder, rechazando e invisibilizando las posibilidades y oportunidades de desarrollo del pensamiento crítico y escéptico, pues este era peligroso para sus intereses. Así, se crearon fechas y rituales, celebraciones, congregaciones y prácticas, en las que casi todos los individuos pensantes todavía participan. Una de estas asociaciones logró tomar el poder absoluto del mayor imperio del mundo, y con sincretismo, acrisoló mitos y costumbres antiguas y las instauró en un credo con perspectiva mundial: esa fue la primera globalización en la historia de estos seres.

Estos fieles, hoy en día esparcidos por todo el mundo, e inclusive seres de otros credos, suelen celebrar estas fechas con fiestas, viajes, francachelas, regalos y fuegos artificiales, olvidando los motivos ulteriores por los que susodichas fiestas fueron generadas, cerrando sus casas a las necesidades de los que menos tienen. Siempre creen que están en la razón: creen que su dios es el único verdadero entre más de 2000 proclamados antiguos y “vigentes”. Creen que su credo es el único cierto, y que los casi 6 mil millones de personas que no comparten sus ideas se irán a un lugar imperecedero donde sufrirán para toda la eternidad. Y aun así creen que su deidad es puro amor. Vaya contradicción tan absurda, en fin: ellos no la quieren ver.

Creen en la existencia de lo que llaman pecado, y solo sus líderes tienen el poder de curarlo. Vaya casualidad. Creen también que cerrando los ojos pueden comunicarse con el que creen es el creador de todo el universo, importunarlo de sus omniscientes y omnipotentes labores, y pedirle favores como si ellos mismos fueran más importantes que los otros 7 mil millones de seres como ellos. Padecen de una inconmensurable vanidad, pues además de ello, los más fervorosos de estos fieles suelen oponerse a las libertades mínimas de aquellos que piensan, aman y se comportan distinto; y pretenden legislar para que los demás estén obligados a sus respectivas autoimposiciones de fe.

Los 30 de agosto celebran a una mujer cuyos únicos méritos en la vida fueron flagelarse y ayunar hasta su muerte, una pobre esquizofrénica de tipo paranoide con ideas místicas y alucinaciones auditivas, que creía que se comunicaba con animales, y que escuchaba la voz de su dios que le pedía que se golpeara piadosamente. Celebran a esta loca de capirote escribiéndole cartas y pidiéndole deseos, gastando toneladas ingentes de papel y de tiempo, y generando basura en todo el centro de la ciudad. El estado, supuestamente laico, la ha premiado con el honor de darle su billete de más alta denominación, como si el ser desquiciado tuviera su mérito. Tienen un santo, también, de esas mismas épocas, que sin embargo no tiene el mismo reconocimiento, a pesar de que le han sido documentados muchos más supuestos milagros. Además, este último recién fue canonizado 400 años después de su muerte porque era negro, y antes para ellos ser negro era no tener alma, justificaban la esclavitud, prohibían el cruce con ellos y los demonizaban. ¿Razón para ello? Su libro de cuentos infantiles señalaba una antigua maldición a esta raza. Vaya motivo para segregar, maltratar y humillar a otros humanos, tan humanos como ellos.

Por si fuera poco, los meses de octubre y noviembre, harán peregrinaciones y procesiones, rezándole a una imagen que representa a un señor, que supuestamente es el mismo que su Señor, pero que a la vez es distinto para cada pueblo. También hacen esto con vírgenes y santos patronales. En algunos casos, además, celebran estas fiestas con festivales de Tauromaquia, una horrenda práctica sadista que consiste en desangrar hasta la muerte a toros, todo para honrar a su Señor, bendecidas por su representante máximo en el país. A pesar de toda esa barbarie, tienen el cuajo de reclamar cada vez que sus ídolos eclesiales son cuestionados o modificados por razones artísticas. Allí sí saltan y reclaman las libertades que a los que no piensan como ellos no les otorgan. 

Para agregar mayor demencia, sus fieles no te dejarán dormir los 24 y 31 de diciembre de todos los años. Es más, algunos de ellos, por llevar regalos a sus casas, presionados por el mediatismo y consumismo rampante por ellos mismos generados, robarán y secuestrarán y luego le rezarán a su beata 'de los criminales' para expiar sus culpas. Total, si cometen crímenes basta con que se arrepientan de sus pecados. ¿Será por esa razón que las prisiones están llenas de fieles?

Los 24 de diciembre sus fieles prenderán pirotécnicos y asustarán a animales y personas que no piensan que estas fechas son importantes. Visitarán, invitarán o escribirán postales a personas por única vez en todo el año, y se quejarán de que la gente no practica los valores que ellos mismos no evidencian en sus mesas solo en estas fechas. Exigirán respeto por sus ridículas creencias, y esperarán que los saludes, les des regalos y no cuestiones las evidentes inexactitudes históricas de sus celebraciones. Se ofenderán si no los saludas, preferirán que lo hagas hipócritamente si no compartes sus creencias –¿tiene esto algún sentido?-. Pondrán nacimientos hechos con estatuillas de yeso, a pesar de que el libro en el que basan su fe les prohíbe en repetidas ocasiones la adoración a imágenes. Celebrarán el nacimiento de su creador hecho hombre –una copia de otros credos más antiguos-, nacido éste de una virgen adolescente –como si eso fuera posible, y como si eso no fuera un viente de alquiler y una familia disfuncional. ¡Después tienen el cuajo de defender a las familias “reales”!- , a pesar de que la tradición de su propia cosmovisión religiosa ubica su no probado nacimiento en el mes de abril, de entre los años -4 y -7 antes de sí mismo. Pondrán un árbol de luces vestido, que pertenece a una tradición nórdica 7000 años más antigua que la suya propia. Y se atreven a llamar paganos a los que no pensamos y celebramos como ellos.
En esta fecha también cobra importancia un gordo señor, también inventado, muy arropado, como si fuera pertinente en el mes de mayor temperatura del año en esta parte del mundo. Lo peor es que les enseñan a los niños que este amigo imaginario existe -otro amigo imaginario más, invitándolos así al ablandamiento de su capacidad de razonar y comprender el mundo-; también les hacen creer que si se portan bien, este obeso de traje rojo polar les traerá regalos: que es lo mismo que enseñarles a ser hipócritas y a buscar recompensas por hacer lo que es correcto, en lugar de hacer bien las cosas por el deber ser. Por si no fuera suficiente tamaña estupidez, se consume un pan dulce extranjero que solo se come en estas fechas (¿puede eso llamarse tradición?), y se toma chocolate caliente en la semana más calurosa del año.

Los 31 de diciembre, la mayoría de ellos celebrarán con pirotécnicos y alcohol. algunos incluso hasta perder la consciencia, por motivos igualmente absurdos: creerán que se ha cumplido un nuevo año, como si el planeta en el que viven no dejara de moverse en su caída elíptica e interminable alrededor del sol. Ocasionarán un 25% más de incendios, y sus pobres mascotas, seres modificados genéticamente por selección artificial por ellos mismos, morirán de infarto y sufrirán por los benditos pirotécnicos. Criticarán hasta el hartazgo a todos los que se opongan a los mismos, sobre todo si son personajes públicos, y no contentos con su estupidez y falta de sentido común -que parece ser el menos común de los sentidos-, repetirán una serie de absurdas cábalas, cada una más delirante que la anterior, basada en el supuesto que eso les traerá suerte para el próximo año. Nuevamente, como si el tiempo no fuera relativo, como si la suerte existiera, y como si uno no fuera responsable de sus actos.

¡Y luego los locos, los amargados y los inmorales, somos aquellos que no participamos de sus dislates!

sábado, mayo 12, 2007

Gorda espera

La gordamente famosa María Martha Serra Lima se presentó el día de ayer en el Círculo Militar de Jesús María, en el marco de la previa a la celebración del Día de la Madre 2007. El evento concentró a unos cuantos miles de canos pero no faltos de energía espectadores, así como uno que otro Enrique-el-Antiguo jóvenes, que vibraron ante la grave e inconfudible voz de la famosa cantante argentina. No habría nada más que agregar, a no ser por una serie de amargos y ridículos cambalaches propios de nuestra idiosincrasia desorganizada tan característicamente peruana.
Las perlas de la noche:
(1) María Martha salió al escenario a las 22:10, cuando el boleto indicaba que el show comenzaría a las 20:00.
(2) El telonero tuvo que prolongar su participación -inicialmente pensada para 30 minutos- por esta tardanza. Bajó inteligentemente apenas la gente comenzó a pifiar -no porque tocara mal, sino por la tardanza-.
(3) No hubo toldo, a pesar de la hora y del frío.
(4) No hubo telón, por lo que fue poco decoroso observar la llegada de cada músico por separado, así como la salida del telonero del escenario.
(5) Justamente, cada músico fue entrando al escenario como si se tratara de una fiesta regular.
(6) Algunas personas se quejaron de que la numeración de las entradas estaba errada, por lo que se sentaron en las sillas que encontraron.
(7) No habían acomodadores, ni vigilantes que controlaran los flujos que podían tranquilamente haberse hecho -por ejemplo, un pendejito que se cambiaba a un asiento de adelante-.
(8) Un concierto cuya entrada para la segunda categoría es de más de s/. 250.00 merece un mejor trato, sinceramente.
(9) ¡Qué pasó, boluda! Se te olvidaron o evitaste intencionalmente, seguramente para efectos de promocionar tu último disco, canciones emblemáticas como Soy lo Prohibido, El Viaje, Algo Contigo, Qué Será de Ti, Échame a mí la Culpa, Se Me Olvidó Otra Vez, Cenizas y El Día Que Me Quieras. ¿Pero vos sos loca?
(10) Apenas una hora y media, María Martha, y eso que te diste tu escapadita (al baño) -según los cochinones de por ahí especularon-. Se te disculpa por la esbeltez y por la edad -jojojo-.
Lo positivo:
(1) William Luna, el telonero de la noche -dícese del invitado que se presenta previamente, usualmente de menor importancia que el artista de fondo-, se lució interpretando temas que mezclaban armoniosamente el huayno y la música pop, o más específicamente -puesto que soy un inculto musicalmente hablando-, la zampoña con la guitarra eléctrica y la quena y el charango con la batería y el bajo. Se escucharon varias arengas: "Perú, Perú", y la gente quedó muy complacida con la participación del buen artista connacional. Un jalón de orejas, nomás, por no haber llevado algún disco a autopromocionarse.
(2) Cómo no, el privilegio de tener tan cerca a María Martha, y a su voz tan entrañable, interpretando temas del renombre de Soy Como Toda Mujer y A Mi Manera.
(3) Para todos los que no fueron, se perdieron a la gorda cantando O Sole Mio. Sí, vaya sorpresita agradable.
Con todo, fue un bonito concierto, aunque hubiéramos esperado más, además de la siempre criticable forma de hacer espectáculos en el Perú. Hay que tener en cuenta que nuestro país está cada vez abriéndose más al mundo y que ello, por consiguiente, trae con mayor frecuencia tanto a turistas como artistas de diferentes partes del orbe, por lo que debemos esforzarnos por brindarles la mejor de las atenciones, y así demostrar que estamos a la altura de las circunstancias. Aunque claro, todavía hay millones de cosas qué resolver como por ejemplo el tránsito, pero mejor ni hablemos de eso.

viernes, noviembre 17, 2006

"Comenzal' mal", o la mala suerte de un chifero comensal

Cuando entramos a la universidad nuestra vida cambia, solemos apartarnos cada día más de casa, entre libros y conferencias, clases y coloquios, prácticas y tertulias. Hasta dormimos fuera, con relativa frecuencia, por un trabajo, un examen o una exposición. Obviamente, también almorzamos fuera. Es así que frecuentamos los restaurantes y cafeterías de nuestras universidades, aunque también, cómo no, de vez en cuando, acudimos a una sebichería, a un miguelón o a un buen chifita. No reparamos, empero, en que bueno, uno se expone a ciertas peculiaridades. Es cierto que no podemos exigir mucho de establecimientos baratos y humildes, pero creo que un mínimo de consideración para con nosotros, los usuarios, clientes, y en definitiva, personas, nos merecemos.
Como buen peruano, soy buen comensal, fiel, cumplidor y hasta algo ingenuo. Frente a mi universidad hay dos chifas. Uno de ellos lo descarté una vez que me sirvieron una mosca en medio de mi arroz chaufa. No hubo problema, es decir, más allá del asco, repudio y el jamás volver a pisar aquel establecimiento; entonces elegí un chifa que quedaba dos cuadras más lejos, pero que, en comparación, valía la pena sudar caminando bajo el sol pandino hasta allí. El ambiente ciertamente es distinto, el lugar es más acogedor, más agradable a la vista, más espacioso, hay más mozos, mayor variedad de platos y la verdad que, en general, parece mejor cuidado y limpio. Ciertamente, es algo más caro que el otro, pero vale la pena. O mejor dicho, valía.
Quedó demostrado que hoy no era mi día. Me encontré con un amigo con el que suelo ir a comer cada cierto tiempo, y decidimos ir a este chifa que les digo. Como siempre, queriendo ahorrar aunque sea las energías que el caminar de más le produciría, mi buen aunque roñoso amigo protestó y quiso acudir al primero de ellos, que como sabemos, no solo es algo más barato, sino que queda más cerca de la universidad, al frente casi, apenas cruzando la avenida Universitaria. No, le dije, ya te he dicho que este otro es mejor. Me miró con cara de ya vas a ver, sobrino, pero no dijo nada y enrumbamos. Y llegamos, nos sentamos, escogimos nuestros menús, le comenté que mi padre me había dado cierto dinero para un ciclo de seminarios sobre la cultura China, y que me había sobrado algo de plata y podía pedir una fuente para pasar un buen rato entre amigos, accedió y pedimos una porción de chi-hau-kai y una incacolita de litro y medio. Todo iba bien, como siempre, bromeándonos sarcástica aunque deportivamente, hasta que aconteció aquello.
Primero, apareció un indigente con un niño en brazos, respetando poco el lugar en el que nos encontrábamos y pidiendo dinero. Mientras mi compañero comensal ni siquiera se inmutó -ni lo miraba, por cierto-, yo sentí, naturalmente, pena por la criatura y hasta culpa y vergüenza, y le entregué algo para que se fuera, no sin antes decirle que respete este tipo de espacios, que utilice la calle para estas actividades. Mi amigo se burló en seguida por mi sentimentalismo, calificándolo de absurda debilidad, y diciendo que el infortunado sujeto que nos importunó quería, adrede, apelar a la compasión de nosotros, queriendo con ello, justamente, comprometernos, para a continuación, proceder a bajarnos las defensas y obtener algunas monedas.
Pero bueno fuera que hubiese acontecido aquello, solamente. No, desgraciadamente no. Entonces vi mi plato. Nadaba algo en mi sopa wantán, y no era nada agradable. Se trataba de una larva, ni más ni menos. No sé de qué, y no pienso averiguarlo, y menos quiero hacerlo, y ni mis zoológicos intereses me sirvieron para ello en esta ocasión. Solo vi al achicharrado embrión, nadando póstumo sobre las aguas de mi alimento. Sus ojos, para colmo, negros y repugnantes, apuntaban a mi cara, y se notaban las incipientes patitas dentro de la crisálida amarilla. Me sentí muy mal; dejé inmediatamente la cuchara y aparté de mí el plato hondo y hediondo. Mi amigo me preguntó qué pasaba, y le enseñé el plato. Inmediatamente me dijo que pida que me lo cambien. Tienes razón, argüí, y levanté el brazo. Sin demasiado aspaviento, pretendía informarle al mozo lo sucedido, pero justo atendió mi llamado una chinita cuyo nombre conozco, a la que, por cierto, le guardo cierta simpatía, ya que soy cliente de relativa frecuencia en el local. Se excusó sorprendida y me dijo que me traerían otro plato.
Sin embargo, este día estaba marcado para mí. Encontré otro regalito no menos monstruoso en el segundo plato de sopa; esta vez lo detecté más rápidamente, pero ya no tenía fuerzas ni para indignarme, ni para levantar el brazo. Mi amigo, por supuesto, me sugirió la idea de protestar para no pagar nada, pero sentencié, con ninguna solemnidad y sí bastante desconcierto: no voy a venir más. El mozo trajo, con una cara de pocos amigos, la fuente y los platos de segundo. Mi compañero le devolvió esos ojos, mientras yo preferí evitarlos. Ya no podía disfrutar más la comida. De hecho, cada bocado fue lento, pausado y auscultado científica y neuróticamente. Qué paz podía haber en mí, si pensaba, no sin razón, que los arroces podían moverse o hasta volar. Mi amigo se divirtió mucho con la escena, y de hecho se rió todavía más, cuando, consultando su billetera, adujo que no iba a poder compartir a medias la cuenta, porque no le alcanzaba. Bromeando, le dije: bueno, está bien, después de todo al que le tocaron los premios fue a mí.
Regresando a la universidad, conversamos sobre qué era peor, si encontrar en la sopa una mosca o una larva de mosca. Mi compañero dijo que seguramente la larva estaba menos contaminada, y yo respondí: pero la larva implica familia... caldo de cultivo. Mi amigo suspiró: bueno, al menos yo no tomé sopa. Sus burlas fueron por mí tomadas en serio: no regresaré, por más que tenga toda la simpatía del mundo por la chinita aquella, nunca más a aqueste establecimiento.

martes, noviembre 14, 2006

Coprópolis o la ciudad de los simios llamados "cobradores"*

* ¿Hay algo más inútil que las corbatas o los cobradores de combi?
No existe término alguno para describir la naturaleza destos subhumanos patológicos, estas verdaderas bestias sin materia gris, sin conciencia del otro, de la humanidad del otro, sin respeto por la otredad. Gente -si cabe el término- sin valores, sin principios, sin un mínimo de tino, de educación, de cultura; réprobos totales, lúmpenes, animales, animales, animales.
¿Qué maldita enfermedad les hacen golpear los metales de sus autos, realizar silvidos atosigantes, tocar cláxones demenciales? Pareciera que gozaran con el chirriante e insoportable sonido del metal manoteado, de la radio a todo volumen, de los gritos desaforados -de los inútiles cobradores-, de los cláxones impunes -de los choferes-. Pareciera que disfrutaran en ese horrorífero mundo caótico e imposible de corrupción, -puesto que no solo no hay ley o norma que valga para ellos, a no ser que sea la aberración de 'Pepe el vivo'-, transgresión, contaminación y alienación. Qué maldita costumbre de golpear, de gritar, de violar la privacidad del otro, ya sea física -¿no es totalmente inhumano tocarse uno con otro, desconocidos, carajo, como si se tratara de gallinas, de carga, hasta la asfixia? ¿no les molesta, acaso?-, o auralmente -porque la contaminación también se mide en decibeles-. Música estridente, silvidos demenciales de sublenguajes asesudos, gestos simiescos e involutivos, hacinamiento cotidiano amparado en la norma subjetiva, demencial, dantesca del individualismo 100% y el otro 0%.
Ya no soporto más a estos animales. Como me gustaría apagar, como si apretara un swith mágico, mis oídos y abstraerme de este submundo abominable. El maldito tercer mundo. Esta indigencia moral caótica, infernal, de transgresores inciviles retrógrados, insensibles, infrahumanos. Pero yo sí soy humano, yo sí soy peruano, ciudadano y civil, yo sí voy a trabajar por cambiar esta coprópolis.
Aunque, por supuesto, más fácil sería decir -y más sinceramente, además-: Necesito un auto, o por lo menos unos tapones para mis oídos cada vez que subo a estos infiernos en tierra, los necesito urgentemente, ya no los soporto más.

lunes, agosto 21, 2006

Tercer Mundo

Estoy molesto. Muy molesto. Primero porque el miserable de mi compañero de facultad al que presté mi cámara digital para el trabajo final en parejas que íbamos a hacer -y que se truncó con el accidente que sufrí hace más de un mes- ahora dice que la misma se destrozó el miércoles pasado -qué casualidad-, y que me la va "a pagar en tres meses" -sí, claro-. Creí que mi universidad era de gente; parece que no es tan así. Segundo, porque el transporte público en el Perú es la peor basura que existe. Hoy me tocó el cobrador. Tercero porque, aunque me pareció algo más que fructífero mi primer día del segundo semestre del año, se vio opacado por estas cosas, que solo en nuestro país parecen pasar, y sencillamente, me malograron todo lo positivo que pueda haber sido este en lo académico.
Salí temprano de mi casa -eso ya es algo positivo- y fui a esperar el micro. Y no digo micro gratuitamente, es que en el Perú no hay buses. Buses se les llama a esos automóviles de gran tamaño que albergan algunas decenas de personas, debidamente equipados, diferenciados, limpios. Buses se les llama a esos automóviles que tienen una ruta específica, que respetan las leyes de tránsito y las normas vigentes, que viajan a moderada velocidad, que utilizan los paraderos y evitan estacionarse en las líneas peatonales, pero por sobre todo, que son conducidas por personas capacitadas, las cuales pueden cumplir un horario que se publica en los paraderos. Ustedes me dirán: Ah, primer mundo, pues, Chema, no pidas tanto. Lamento decirles que eso no es exacto, obviamente esto sucede en EEUU, Europa, Brasil y Chile, pero también en Colombia -no puedo dar más ejemplos, porque no conozco otras latitudes-.
Me horroricé en el acto. Todos y cada uno de los micros pasaban llenos, pero qué llenos. La gente, sin mentir, tenía que sacar los brazos por las ventanas. Había más gente de pie que sentada, y como ya no es sorpresa, la puerta abierta con dos personas apretujándose y con medio cuerpo a punto de caer al pavimento. Y sin embargo, existe una norma que impide a los transportistas, supuestamente, el exceso de pasajeros, sobre todo en tan ingentes cantidades, algo que por cierto es muy peligroso, sobre todo porque estos mismos irresponsables al volante suelen ir a velocidades temerarias por pasar la tarjeta a tiempo o competir por tiempos con otras unidades. ¿Y los pasajeros? ¿Acaso reclaman, acaso protestan? Siguen el juego, no hacen valer ni sus derechos ni el respeto por las normas. Avalan la trasgresión, la irresponsabilidad, y la inmoralidad, como veremos más adelante.
Luego de sobrevivir un buen trecho del trayecto a la universidad, apretujado como si estuviera en un camión de carga, el cobrador se dirigió a mí con aires de autoridad. Señor, apéguese adentro. Hay espacio. Obviamente no cabía ni un alfiler más en todo el vehículo, y no me fue suficiente la cara de indignación que le puse. Y tú, ¿acaso respetas la norma?, respondí indignado. Y la gente me miró, todavía, como si yo fuese el loco, el irrespetuoso. El Tercer Mundo, concluí. Una señora me miró con cara de qué se va a hacer, hijo. La calentura se me fue pasando. Pero regresó de la peor manera.
La rata de alcantarilla que me tocó por cobrador hizo lo que me motivó a hacer este escrito. Una joven pagó con un billete muy cerca de la puerta. El cobrador sacó el sencillo y se lo entregó a la chica. Y esta rápidamente reclamó: Falta el vuelto. Pobre, no le alcanzó el tiempo. El carro avanzó, nadie dijo nada. El cobrador cruzó los ojos conmigo. Yo hubiese hablado, pero la indignación fue tan tremenda que no pude pronunciar palabra; me limité a ponerle la cara más intimidante que debo haber tenido en mi vida. La bestia cuadrúpeda se puso a sonreír, como si estuviera orgulloso de lo que hacía. Cultura de la trasgresión. La trasgresión como goce, como diría el amigo Portocarrero (1). Yo no lo llamaría criollismo, empero. Para mí el criollismo es la jarana, la música criolla, las salidas a jironear en el Jirón de la Unión de los años veinte. La trasgresión de las normas no es otra cosa que la constatación del Tercer Mundo como actitud, a mi modesto parecer. Y se manifiesta tanto en la trasgresión per se, como en el avalar la misma como si fuera normal, haciéndose uno el desentendido. Callar otorgando.
Y qué decir de las grandes posibilidades de recibir monedas falsas cuando pagamos con billetes. Preferible resulta, pues, comprar en el quiosco más cercano algún producto pequeño, para poder pagar en sencillo y así evitar esa amenaza. Qué tal selva de cemento la nuestra. Por cosas como esta, yo estaría de acuerdo con la pena de muerte para los violadores-asesinos de menores, el incremento sustancial de la severidad en las penas de toda índole, el recorte absoluto de los beneficios penitenciarios -a excepción de la colaboración eficaz, por sus beneficios prácticos-, la obligatoriedad de los trabajos forzados para todo delincuente, mínimo por seis meses, así se robe un sol. Este tipo de medidas, sobre todo la primera, caerían como un mazaso que por acción-reacción reacomode la tan desordenada y caótica sociedad actual.
Y volviendo al tema del transporte público, que a mi parecer sería el ejemplo perfecto para ilustrar el Tercer Mundo, una gran portada, así como el cobrador el personaje que representaría mejor toda la podredumbre de la actitud tercermundista, no me cabría más que decir que esperar a que por fin se haga algo para regulizarlo, ordenarlo. No saben las autoridades cuánto mejoraría el ornato de la ciudad sin tanto automóvil que se cae a pedazos por ser de una flota de importados de pésima cálida y de cuarta mano. No saben cuánto mejoraría el semblante de los trabajadores que sufren de una a tres horas al día el transporte público. Ignoran que comenzar bien el día es muy importante. Mucha gente malogra todo su día -y por tanto baja su productividad, su esmero- por molestarse desde temprano. Además, ¿quién no quisiera menos ruido?, ¿quién no quisiera que se extingan los cobradores? Estos no existen ni siquiera en países como Colombia, donde existen dos tipos de buses, los ejecutivos y los económicos, los primeros donde nadie puede ir parado y la tarifa es apenas un poco más elevada -es una solución acertada-. ¿Quién no quisiera sentarse tranquilamente y no disfrutar -no pidamos tanto-, sino por lo menos no sufrir en el micro? Para esto hay que tomar medidas, señores, en vez de seguir avalando trasgresiones y con ello convirtiéndonos en cómplices pasivos. Ya basta, hagamos respetar nuestros derechos, pero tomémoslo como un deber -que lo es, también, en buena cuenta-. Y cumplamos las normas, por supuesto.

Nota:
(1) Portocarrero, G. (2004). Rostros criollos del mal: cultura y trasgresión en la sociedad peruana. Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.

jueves, agosto 17, 2006

Hoy no fío, mañana sí.

¿Una debilidad?
Desde chico recuerdo que me decían las tías, las mismas que cada seis meses apretujaban mis rosados cachetitos, que nunca debía prestar dinero, ropa ni libros. Esas cosas no se prestan, decían con seriedad. Mi madre anduvo por ahí, también, reforzando el consejo. Te van metiendo desde pequeño la idea de que la gente es mala... Pero no, a mí me fue siempre difícil decir no. Será una debilidad, tal vez. Una lección que no aprendí. Algunos dicen que soy muy confiado, cándido, crédulo. Otros, simplemente, un cojudo. Una vez, mi bicicleta estaba fallando. No tenía más de 11 años y estaba con un amigo en la calle. Se acercó un sujeto aparentemente bonachón y se ofreció a arreglarla. Luego, sin más, se subió en ella y se fue.
Fui creciendo y perdiendo centavos, uno que otro libro, y seguramente otras cosas que no recuerdo. Supongo que el problema se agraba cuando no eres ordenado, sistemático. Se me olvidaba. Y se me suele olvidar, me temo. Supongo que esto le pasa a la gente que no vive con el dinero en la cabeza, que es gastadora. Cuando presto dinero, lo hago sin pensar en que me devuelvan. Lo tomo como que en ese momento es algo necesario, y presto como amigo, es decir, sin interés, sin recordarlo. A punta de carajos, empero, empecé a registrar ese tipo de transacciones, este año, por lo menos para los que no son mis amigos amigos, cuando me fui dando cuenta que me faltaba plata para un café, para un helado, para un chocolate. Sin embargo, aun registrando, se me han pasado más de una vez préstamos hechos al momento.
Antes del accidente de la cabeza, presté mi cámara para un trabajo con un compañero de la universidad. Luego de un mes, todavía no me la devuelve. Al comienzo traté de conservar la calma, le envié un par de correos que no me respondió. El sábado, mi mamá me pidió la misma para una fiesta criolla en la casa, con guitarra, cajón y una negra que cantaba. Le dije que no me la habían devuelto, todavía, y se puso como loca a buscar en la guía todos los asegurados con el apellido del sujeto en cuestión. Confío en que la cámara me sea devuelta a partir del lunes, que regreso a las clases. No creo que sea tan miserable, aunque quién sabe.
Corría octubre del 2003 y yo cursaba, entre otros cursos de letras, Ética -nada menos-. Me había hecho amigo de dos chicas. La primera trigueña, muy flaca, nariz aguileña. La segunda menudita, de cabello rizado y ojos cafés. Un día, la primera de ellas me presentó a la que vendría a ser mi mejor amiga, La Negra. Fue pasando el tiempo y tanto la menudita como La Negra dejaron de ser amigas de la primera, y solo yo mantuve el contacto con la misma. Una vez le pregunté a La Negra el por qué de su alejamiento, y me dijo que dejó de ser su amiga porque nunca le devolvió un par de prendas. Al principio lo tomé como cosas de mujeres, pero luego fui pensando un poco más las cosas, y reducí el tiempo que pasaba con la susodicha. Igual, le presté dinero en más de una ocasión. Por supuesto, nunca me lo devolvió. De hecho, esta chica me vino a visitar hace poco y le terminé prestando mi chompa. No podía decirle que no, era tarde y hacía frío... ¿Ven que no puedo decir que no? -Con razón tuve mejor nota final que ella en ese curso-.
Como sea, el lunes comienza el nuevo ciclo y me veré en la obligación de insistir en que me devuelvan ambas cosas. No sé por qué, pero titubeo para pedirlas, por más que sean mías. Creo que la solución no es no prestar, sino apuntarlo. O será, simplemente, que soy débil para decir que no.