domingo, septiembre 13, 2026

Javier Taboada Vives: una vida dedicada a salvar y a cuidar

Médico trujillano, neurólogo y psiquiatra, coronel retirado del Ejército de los Estados Unidos y veterano de Vietnam, ejerció la medicina durante más de seis décadas. Pero detrás de los títulos, las especialidades y los reconocimientos había algo mucho más sencillo y profundamente humano: la disposición de estar allí cuando alguien necesitaba ayuda.

Hay momentos en los que un médico dispone de horas para estudiar un caso, revisar antecedentes, solicitar exámenes, conversar con otros especialistas y contrastar hipótesis. Y hay otros en los que apenas tiene unos minutos, a veces segundos, para decidir. Mi tío, Javier Gustavo Taboada Vives, conoció ambos extremos de la medicina.

Durante la Guerra de Vietnam ejerció como médico del Ejército de los Estados Unidos. Allí, muy lejos de los consultorios y hospitales donde desarrollaría buena parte de su carrera, la medicina y la vida le tenían una tenía una urgencia difícil de imaginar: el triaje de guerra. Había que recibir heridos, estabilizarlos, evaluar rápidamente su gravedad y establecer prioridades de atención, la presión de tener que elegir a quien salvar y a quien dejar partir. En circunstancias así, el conocimiento científico que Javier valoraría durante toda su vida dejaba de ser algo aprendido en un libro o en una universidad: tenía que convertirse, en cuestión de segundos, en una decisión capaz de salvar una vida.

Fue condecorado por su participación como médico durante la guerra y, con los años, alcanzaría el grado de coronel del U.S. Army. Sin embargo esto fue solo una pequeña parte de su historia.


Del triaje de guerra a la conderación médico-militar. Recreado con IA.


Hoy, mientras intento ordenar los recuerdos y reconstruir su recorrido, aparecen muchas versiones de una misma persona: el médico confiable de consultorio, el médico del triaje de guerra, el científico, el peruano que nunca terminó de alejarse de su país y, por supuesto, el tío al que recurríamos cuando alguien de la familia necesitaba ayuda.

De Trujillo a los Estados Unidos

Pero antes de Estados Unidos, de las especializaciones, de Vietnam o de una carrera profesional que terminaría prolongándose durante más de seis décadas, estaba el Javier joven que estudiaba para convertirse en médico y entraba y salía de la casa familiar en Trujillo.

Nacido en Trujillo el 20 de febrero de 1940, Javier era 4to de lo que serían 7 hermanos. La excelencia académica apareció muy temprano en su vida. Javier terminó sus estudios escolares con las mejores calificaciones y mantuvo ese desempeño durante sus años universitarios. Estudió Medicina en la Universidad Nacional de Trujillo, donde volvió a destacar académicamente, siendo siempre el primero de su clase.

Mi mamá. la última de los 7 hermanos Taboada Vives, conserva de aquellos años apenas algunas imágenes borrosas, pero muy queridas. Ella tendría apenas tres o cuatro años y Javier ya estudiaba Medicina en la universidad. A veces coincidían en la puerta de la casa. Él llegaba o salía, la saludaba y ella se apresuraba a anticiparle qué postres deliciosos había preparado ese día mamá Esperanza. Javier celebraba estas noticias con una sonrisa y un beso, alentando a su hermanita a que continuara en su labor informativa a sus otros hermanos.

Hay otro episodio de aquellos años que mi mamá no recuerda por sí misma, porque era todavía demasiado pequeña, sino a través de una de esas historias familiares que pasan de una generación a otra. Según le contaron, un día una mujer la tomó en brazos en la calle y subió con ella a un bus, quién sabe a dónde. Pero, por una de esas coincidencias que pueden cambiar completamente una historia, Javier se encontraba allí. Al verla reaccionó de inmediato y con furibunda voz: «¿Qué haces con mi hermanita?». Se la quitó de los brazos y regresó con ella a casa. Nunca podremos saber con absoluta certeza qué pretendía aquella mujer, pero para la familia quedó la convicción de que Javier evitó que se llevaran a su pequeña hermana para siempre.

En una escena, Javier escucha a su hermanita contarle qué postre había preparado mamá Esperanza; en la otra, es él quien la devuelve sana y salva a casa. Son historias anteriores a Georgetown, Cornell, Vietnam y los hospitales de Estados Unidos, pero vistas desde hoy parecen anticipar algo de lo que vendría después: mucho antes de dedicar su vida profesional a cuidar a otros, Javier ya estaba cuidando a los suyos.

Antes de partir a los Estados Unidos a continuar su especialización, se despediría de último con un beso: “te voy a extrañar mucho, hermanita”.

Allá en los Estado Unidos, emprendió una trayectoria de especialización particularmente exigente: se formó en Neurología en Georgetown y posteriormente en Psiquiatría en Cornell. Ambas especialidades le permitían aproximarse al ser humano desde perspectivas que se complementaban: el funcionamiento del cerebro y del sistema nervioso, pero también aquello que sentimos, pensamos y hacemos.

Llegó a ser miembro de la American Academy of Neurology y desarrolló una extensa carrera profesional en Estados Unidos. A ello se sumaron su incorporación al Ejército estadounidense, su experiencia como médico en Vietnam y, posteriormente, el grado de coronel. La verdad es que resulta difícil condensar una trayectoria semejante en unas cuantas credenciales. Quizá una cifra permita dimensionarla mejor: Javier ejerció la medicina durante más de sesenta años. Fueron más de seis décadas viendo pacientes, escuchando historias, estudiando enfermedades, tomando decisiones difíciles y acompañando a personas y familias. También fueron seis décadas contemplando desde dentro una transformación extraordinaria de la propia medicina, desde una época en la que muchas de las herramientas actuales ni siquiera existían hasta los años de la telemedicina y la comunicación inmediata.


Una vida de trabajo, pero también de buen humor

Una de tantas sobrinas vivió aproximadamente diez meses en su casa en Pennsylvania y conserva una imagen cotidiana que, a mi parecer, cuenta más sobre Javier que una larga relación de títulos. Recuerda con admiración que salía de casa alrededor de las 7:30 de la mañana y regresaba aproximadamente a las nueve de la noche. «Qué tal jornada laboral», escribió al despedirlo. Haberlo visto mantener aquel ritmo día tras día despertó en ella una profunda admiración y respeto. Detrás del médico brillante había, sencillamente, un trabajador incansable.

Esta sobrina suya recuerda también que era muy apreciado por sus pacientes, pero cuando habla de él no se queda en lo profesional. Lo describe como una persona buena, amable, simpática y generosa; un buen esposo, buen hijo y buen padre. Su despedida reúne dos sentimientos que seguramente compartimos muchos de quienes lo conocimos: admiración y gratitud. Estos recuerdos importan porque los títulos ayudan a comprender lo que Javier alcanzó, pero no necesariamente quién fue. A veces una puerta que se abre a las nueve de la noche, cuando finalmente regresa a casa un médico que salió trece horas antes, cuenta bastante más.

Sin embargo, sería injusto que aquella imagen del hombre disciplinado y entregado al trabajo terminara convirtiendo a Javier, en el recuerdo, en una figura demasiado solemne. El tío Javier tenía también un excelente sentido del humor. Podía hablar con enorme seriedad sobre neurología, psiquiatría o una enfermedad compleja y, poco después, introducir una ocurrencia que cambiaba por completo el ambiente. La rigurosidad intelectual convivía en él con la simpatía y una manera muy natural de hacer reír a los demás.

Una escena familiar lo retrata especialmente bien. Javier tuvo cuatro hijas y, durante el matrimonio de una de ellas, le correspondió pronunciar unas palabras. En perfecto inglés y con toda la formalidad que uno puede imaginar en el discurso del padre de la novia, contó que su flamante yerno se había mudado a la costa para convertirse en surfista profesional, y que el auguraba muchos éxitos en esa empresa. La ocurrencia, introducida precisamente en medio de un momento solemne, mostraba otra parte de su personalidad. Podía ser el médico de enorme experiencia, el militar o el científico, pero seguía siendo alguien capaz de encontrar el momento preciso para una broma y disfrutar haciendo reír a quienes tenía alrededor.


El Perú al que siempre regresaba

Construir una vida profesional en Estados Unidos nunca significó para Javier desprenderse del Perú. Al contrario, encontró una manera de mantener ese vínculo tanto desde la medicina como desde los afectos. En 1972 participó en la creación de la Peruvian-American Medical Society (PAMS), junto con otros médicos peruanos radicados en Estados Unidos. Era todavía un médico joven, pero ya formaba parte de una iniciativa que buscaba tender puentes entre la comunidad médica peruana en Estados Unidos y las necesidades de salud de su país de origen.

A través de PAMS participó en actividades que combinaban asistencia, formación y cooperación médica. Los profesionales viajaban a diferentes lugares del Perú año a año, donaban equipos, capacitaban a médicos y desarrollaban conferencias sobre los avances de la ciencia médica. Había detrás de estas acciones una idea que encaja muy bien con la manera en que Javier entendía su profesión: el conocimiento adquiría mayor valor cuando podía compartirse. No se trataba únicamente de atender pacientes durante una visita, sino también de intercambiar experiencias con colegas peruanos, acercar nuevos conocimientos y dejar recursos que continuaran siendo útiles una vez concluida cada misión.


El tío Javier conformó parte de PAMS, y regresaba cada año al Perú a potenciar hospitales remotos. Recreación con IA.

Pero aquellos viajes tenían para Javier otra dimensión, bastante más íntima. Año tras año, regresar al Perú significaba también volver a Trujillo y visitar a su familia. Las actividades de PAMS le permitían mantener una presencia profesional en el país donde había estudiado Medicina, pero esos retornos eran igualmente oportunidades para reencontrarse con sus hermanos, sobrinos y demás familiares, compartir la mesa, conversar y recuperar durante unos días una cercanía que los miles de kilómetros entre Estados Unidos y el Perú hacían más difícil el resto del año.

Y es que Javier podía haber construido prácticamente toda su vida adulta en Estados Unidos, pero Trujillo seguía siendo su hogar. Hay algo entrañable en imaginar ese recorrido repetido durante tantos años: el médico regresaba para compartir lo aprendido; el hermano y el tío, para reencontrarse con los suyos. Ambas cosas ocurrían en un mismo viaje. Así, aquel joven trujillano que salió del Perú para continuar su formación regresó una y otra vez durante décadas, cada vez con más experiencia y conocimiento, pero también con el mismo vínculo familiar que lo llevaba de vuelta a sus raíces.

La ciencia como forma de comprender el mundo

Hay una conversación con Javier que hoy me gustaría poder volver a escuchar. En febrero de 2021 tuve la oportunidad de entrevistarlo para Lima Cinema Group, un proyecto que desarrollaba alrededor del cine, la ciencia y la cultura. Javier participó como comentarista del capítulo 5 de Cosmos: Mundos Posibles, aportando la mirada que le daban sus dos especialidades, la neurología y la psiquiatría. Lamentablemente, no conservo la grabación y no quisiera reconstruir ahora frases que no recuerdo literalmente, pero sí permanece muy claro en mi memoria uno de los temas sobre los que conversamos: la historia y la importancia del método científico.


Flyer del evento, realizado el sábado 13 de febrero de 2021 a través de Lima Cinema Group.

Hablamos de sus diferentes partes y, sobre todo, de su importancia para las distintas ciencias. El método científico constituía una manera ordenada y rigurosa de formular preguntas sobre la realidad y tratar de responderlas mediante evidencia. Aquella conversación me quedó grabada porque mostraba una faceta de mi tío que siempre disfruté especialmente. Con Javier uno podía comenzar hablando de medicina o neurociencia y, casi sin darse cuenta, terminar conversando sobre política, sociología, filosofía o sobre la manera en que los seres humanos intentamos comprender el mundo.

Lo que recuerdo de aquella conversación es precisamente esa valoración del conocimiento construido con método: observar, formular preguntas, plantear hipótesis, contrastarlas y estar dispuesto a modificar nuestras explicaciones cuando la evidencia así lo exige. Pensándolo ahora, encuentro un hilo que une al joven médico que estuvo en Vietnam con aquel hombre de 80 años con quien conversé en 2021. El escenario era completamente distinto, la medicina había cambiado enormemente y el mundo también, pero algo permanecía: observar, razonar, contrastar y decidir a partir del mejor conocimiento disponible.

El médico de la familia

Sin embargo, cuando pienso en Javier, no pienso solamente en el médico reconocido, el científico o el coronel. Pienso, inevitablemente, en el tío Javier. Durante décadas fue una referencia médica para nuestra familia. Cuando alguien enfermaba, aparecía un diagnóstico que no terminábamos de entender, surgía una preocupación o simplemente necesitábamos escuchar otra opinión, estaba la posibilidad de consultarle telefónicamente, a cualquier hora del día.

Y esa historia atravesó, curiosamente, toda una revolución tecnológica. Hubo una época en la que consultar al tío Javier desde el Perú significaba sentarse junto al teléfono fijo y hacer una llamada internacional. Luego llegaron los celulares, más tarde los mensajes y el intercambio casi instantáneo de información y, finalmente, las videollamadas y la teleconsulta. Pasamos del teléfono con cable a una pantalla desde la que podíamos verlo a miles de kilómetros. La tecnología cambió, pero la disposición de Javier para ayudar permaneció intacta.


60 años en consulta. 60 años de consejos a la familia. Recreado con IA.

Muchos miembros de nuestra familia recibimos alguna vez una explicación, una recomendación o una orientación suya. A veces era una consulta concreta; otras, una conversación que comenzaba con una pregunta médica y terminaba mucho más lejos. Quizá sea justamente allí, lejos de las condecoraciones, los uniformes y los títulos universitarios, donde se entiende mejor su manera de vivir la medicina: su conocimiento estaba para ser compartido. Por eso, cuando hace cinco años tuve la oportunidad de entrevistarlo frente a una cámara, aquella situación no resultaba completamente extraña. De una manera u otra, llevábamos muchos años haciendo algo parecido: preguntándole y escuchándolo.

El médico y la persona

Después de una muerte aparece, casi inevitablemente, la necesidad de hacer un inventario de la vida: qué estudió, dónde trabajó, qué cargos alcanzó, qué reconocimientos recibió. En el caso de Javier, además, la lista podría ser larga: la Universidad Nacional de Trujillo, Georgetown, Cornell, la neurología, la psiquiatría, Vietnam, el Ejército de los Estados Unidos, el grado de coronel, las distinciones profesionales, la creación de PAMS, las misiones médicas al Perú y más de sesenta años de ejercicio. Todo eso importa, claro que importa. Pero una vida no cabe en un currículum.

Son los recuerdos pequeños, incluso aquellos que en su momento parecían cotidianos, los que terminan completando el retrato: el joven estudiante de Medicina que escuchaba a su hermanita contarle qué postre había preparado Esperanza; el hermano que, según aquella historia familiar, la encontró en un bus y la llevó de regreso a casa; el hombre que podía pasar trece horas trabajando y conservar su simpatía; el padre de cuatro hijas capaz de bromear en pleno discurso de matrimonio; el médico que volvía año tras año al Perú y aprovechaba para reencontrarse con los suyos; el especialista al que llamaba la familia desde Trujillo; y el tío con quien una consulta podía convertirse, casi sin darnos cuenta, en una larga conversación sobre el cerebro, la ciencia, la filosofía o la vida.

Mi prima Patty utilizó una expresión muy sencilla al despedirlo: «orgullo de nuestra familia». La verdad es que cuesta encontrar una mejor.

Cuatro hermanos, una misma raíz

Su partida llega, además, en un momento especialmente doloroso para nuestra familia. Javier perteneció a una generación de cuatro hermanos cuya historia hemos ido despidiendo poco a poco: Manuel Taboada Vives (1934–1984), Esperanza Taboada Vives (1936–2026), Javier Taboada Vives (1940–2026) e Iván Taboada Vives (1943–2021). Manuel partió demasiado pronto, en 1984, junto con sus padres Manuel (1980) y Esperanza (1983). Muchos años después, en 2021, nos dejó Iván. Hace apenas unos meses, en mayo de este año, despedimos a Esperanza y ahora, casi sin haber terminado de procesar aquella pérdida, nos toca despedir a Javier.

Los 4 que ya no están. Recreado con IA.

Quizá por eso conmueve tanto imaginar nuevamente a los cuatro hermanos juntos. Manuel, Esperanza, Javier e Iván: cuatro historias distintas, pero una misma raíz. La vida los llevó por caminos diferentes y también los fue separando en tiempos muy distintos, pero en la memoria familiar vuelven a encontrarse. A veces basta una fotografía antigua, una anécdota que alguien vuelve a contar o simplemente un apellido compartido para que la distancia de los años desaparezca por un instante.

Gracias, tío Javier

De las aulas de la Universidad Nacional de Trujillo a los hospitales de Estados Unidos; de la medicina de guerra en Vietnam a la neurología y la psiquiatría; del uniforme del Ejército estadounidense y el grado de coronel a las misiones de PAMS que lo hacían regresar al Perú y, de paso, reencontrarse año tras año con su familia en Trujillo; del viejo teléfono fijo de las llamadas internacionales a las últimas videollamadas. Han pasado más de sesenta años de medicina. Toda una vida: 86 años al servicio de los demás.

Nos queda, sin embargo, muchísimo de lo que Javier compartió durante sus 86 años: sus conocimientos, el ejemplo de su disciplina, las vidas que pudo ayudar a cuidar, el cariño de sus pacientes, su compromiso con el Perú, las enseñanzas que dejó a otros médicos, su sentido del humor y, sobre todo, esa generosidad para poner lo que sabía al servicio de los demás. También quedan esas historias mucho más pequeñas que sobreviven dentro de una familia: una niña anunciándole el postre del día a su hermano mayor, una llamada internacional para pedirle una opinión, un regreso a Trujillo, una conversación sobre ciencia o una broma dicha justo cuando nadie la esperaba. Tal vez sea allí donde una persona permanece de una manera más íntima.

Por eso hoy, en medio de la tristeza, hay una palabra que regresa una y otra vez: gracias. Gracias, tío Javier, por tantas conversaciones científicas y filosóficas, por las consultas y las orientaciones, y por contestar tantas veces cuando alguien de la familia necesitaba de tu experiencia. Gracias por compartir lo que sabías sin hacer de ese conocimiento una distancia, sino un puente hacia los demás. Gracias por una vida dedicada a la medicina, por regresar año tras año al Perú, por mantenerte cerca de los tuyos a pesar de la distancia, por las historias y, cómo no, también por las risas. Descansa en paz, querido tío Javier.


Descansa en paz, querido tío. Fuente: Facebook de la familia.


Dr. Javier Gustavo Taboada Vives
20 de febrero de 1940 – 13 de setiembre de 2026
Médico, neurólogo, psiquiatra, veterano de Vietnam y coronel retirado del Ejército de los Estados Unidos.


martes, mayo 05, 2026

Cuando la igualdad borra la desigualdad: legislar desde una falsa simetría

Polémica. Milagros Jáuregui, congresista y pastora evangélica.


En los últimos días, dos proyectos de ley impulsados por la congresista y hoy senadora electa Milagros Jáuregui han reactivado un debate que el Perú no puede eludir: ¿qué ocurre cuando se pretende legislar en nombre de la igualdad ignorando las desigualdades reales?

El primero propone eliminar la figura de feminicidio del Código Penal y reemplazarla por una categoría neutral: “asesinato de la pareja”. El segundo plantea que, ante una denuncia por violencia que no prospere, la persona denunciada pueda accionar inmediatamente contra quien denunció. A simple vista, ambas iniciativas podrían parecer razonables bajo una lógica de equidad. Sin embargo, comparten un mismo problema de fondo: parten de una falsa simetría.

Pero hay un elemento adicional que no puede pasarse por alto: estas propuestas provienen de la presidencia de la Comisión de la Mujer y Familia del Congreso, actualmente liderada por la propia Jáuregui. Es decir, desde el órgano que debería fortalecer la protección de las mujeres, no debilitarla.

La igualdad mal entendida

Es cierto que los hombres también pueden ser víctimas de violencia de pareja. Nadie lo discute. Pero el derecho no se construye sobre casos aislados, sino sobre patrones consistentes.

Los datos internacionales son contundentes: alrededor del 60% de las mujeres asesinadas en el mundo mueren a manos de sus parejas o familiares, mientras que solo cerca del 11% de los homicidios de hombres ocurre en ese mismo contexto. Peor aún, en Latinoamérica y el Perú estas cifras son aún más extremas. Esto revela una diferencia estructural: mientras los hombres son asesinados mayoritariamente en espacios públicos y en dinámicas delictivas, las mujeres enfrentan su mayor riesgo en el ámbito privado, en relaciones íntimas atravesadas por control, violencia previa y desigualdad de poder.

Por eso el feminicidio no es un privilegio penal, sino una categoría que permite nombrar una forma específica de violencia. Eliminarla en nombre de la igualdad formal no corrige una injusticia. La invisibiliza.

La violencia no es un evento, es un proceso

El feminicidio rara vez es un hecho aislado. Es, en la mayoría de casos, la culminación de un proceso de violencia: control, celos, agresiones previas, aislamiento, dependencia emocional o económica.

No se trata de “conflictos entre iguales”, sino de dinámicas sostenidas de poder.

Además, en muchos casos, las mujeres asesinadas habían denunciado previamente a sus agresores, sin que sus denuncias fueran atendidas de manera oportuna o efectiva. Este dato no solo evidencia la escalada de la violencia, sino también las fallas del sistema de protección, que muchas veces llega tarde o no llega.

Reducir estos casos a un “asesinato de pareja” elimina el contexto que permite comprenderlos, pero también invisibiliza la responsabilidad institucional en su prevención.

Cuando el problema no es la relación, sino el rechazo

Limitar el feminicidio al ámbito de la pareja también deja fuera un conjunto importante de casos: aquellos en los que la violencia ocurre precisamente porque la mujer no quiso tener una relación.

Existen numerosos episodios de agresión y asesinato vinculados a:

  • rechazos afectivos o sexuales
  • acoso persistente
  • pretendientes o ex parejas que no aceptan la negativa
  • celos o control sin vínculo formal

En estos casos, la violencia no surge de una relación, sino de una lógica de posesión y castigo frente a la autonomía. La idea de que la mujer no tiene derecho a decir “no”.

Esto refuerza que el feminicidio no describe solo un tipo de vínculo, sino una forma de violencia que sanciona la decisión femenina.

Denunciar bajo amenaza

El segundo proyecto introduce un riesgo aún mayor: que una mujer que denuncia violencia pueda ser contrademandada si no logra probar su caso.

En el Perú, el problema no es el exceso de denuncias, sino su ausencia. La violencia de pareja es uno de los delitos más subreportados, no solo por miedo o dependencia, sino también por la revictimización institucional que muchas mujeres enfrentan.

Denunciantes que no son creídas, que son cuestionadas, que deben repetir su testimonio múltiples veces o que no encuentran respuesta efectiva. En muchos casos, el sistema de justicia se convierte en una nueva forma de violencia.

Desde un enfoque de psicología social, denunciar implica un cálculo:
¿vale la pena el riesgo?

Cuando los costos —exposición, desgaste, represalias— superan a los beneficios —protección, justicia—, lo que ocurre es predecible: las personas no denuncian.

Si a ese escenario se le añade la posibilidad de una contrademanda, el mensaje es claro:

denunciar puede salirte más caro que callar.

El resultado no es más justicia. Es más silencio.

Un problema mal planteado

Quienes defienden estas medidas suelen apelar a la necesidad de sancionar denuncias falsas. Pero el ordenamiento jurídico ya contempla mecanismos para ello, y la evidencia muestra que estos casos son minoritarios.

El problema real no es el exceso de denuncias, sino su ausencia.

Entonces, la pregunta es inevitable:

¿por qué diseñar leyes para un problema marginal, a costa de agravar uno estructural?

El rol y las motivaciones

Aquí el debate deja de ser solo técnico y se vuelve político.

Cuando estas propuestas provienen de quien preside la Comisión de la Mujer y Familia, surge una tensión evidente. No se trata de cuestionar creencias personales, sino de analizar si existe coherencia entre el rol institucional y las iniciativas que se promueven.

¿Está la comisión cumpliendo su función de fortalecer la protección de las mujeres?
¿O está impulsando una agenda que redefine —y potencialmente debilita— esos mecanismos?

Más aún, cuando estas propuestas se alinean con una visión que tiende a minimizar las asimetrías en las relaciones de pareja, la preocupación no es menor.

Lo que está en juego

Este no es un debate ideológico menor. Es una discusión sobre el sentido mismo de la ley. ¿La ley debe reconocer las diferencias para proteger mejor? ¿O debe ignorarlas en nombre de una igualdad abstracta Porque cuando la ley deja de ver las desigualdades, lo que produce no es justicia, sino ceguera institucional. Y en esa ceguera, quienes más pierden son quienes ya estaban en mayor riesgo.

La igualdad no consiste en tratar como iguales realidades que no lo son, sino en comprender sus diferencias para hacer justicia.

jueves, marzo 26, 2026

Debates presidenciales 2026: de la búsqueda de estadistas al consuelo del castigo político

Debates presidenciales 2026: de la búsqueda de estadistas al consuelo del castigo político. Un análisis desde la psicología política.

En una democracia saludable, los debates presidenciales deberían servir para algo fundamental: identificar a quien está en condiciones de gobernar un país. En el Perú de hoy, cumplen otra función mucho más incómoda: recordarnos que, en muchos casos, no hay nadie a la altura de hacerlo.

Analizar estos debates ya no es solo un ejercicio de comparación entre candidatos. Es, sobre todo, una forma de diagnosticar el estado real de la política peruana. Porque cuando el nivel del debate es bajo de manera generalizada, el problema no es individual: es sistémico.

Durante la última década, el Perú ha atravesado uno de los periodos más críticos de su historia política reciente. La sucesión de presidentes, la crisis permanente de gobernabilidad, la confrontación entre Ejecutivo y Legislativo y los reiterados escándalos de corrupción —desde el Caso Lava Jato hasta el progresivo vaciamiento de la investidura presidencial— han erosionado de manera sostenida la confianza institucional.

Como advierte Martín Tanaka (2021, 2015), el sistema político peruano opera con una profunda fragmentación y debilidad organizativa, lo que dificulta la construcción de liderazgos consistentes. En esa misma línea, Carlos Iván Degregori (2013) ya había señalado la histórica distancia entre Estado y ciudadanía, mientras que Gonzalo Portocarrero (2004) advertía sobre una sociedad atravesada por la desconfianza como experiencia cotidiana y cinismo social.

El resultado es un fenómeno clave desde la Psicología política: el paso del desencanto al cinismo. Ya no se trata solo de desconfiar de ciertos políticos, sino de asumir que el sistema en su conjunto está capturado y que, en el fondo, “todos son iguales”. Desde la Psicología social, esto puede leerse como una forma de indefensión aprendida colectiva: la política deja de percibirse como un espacio de transformación y se convierte en un escenario donde solo cabe reaccionar, no construir.

Diversos estudios en América Latina muestran que la corrupción percibida y la inestabilidad política están asociadas con una disminución significativa en la satisfacción con la democracia, así como con una menor disposición a involucrarse en procesos deliberativos (Foa et al., 2020; OECD, 2023). En el caso peruano, este proceso ha sido especialmente intenso, configurando una cultura política donde la desconfianza, la precariedad institucional y la baja expectativa ciudadana se retroalimentan.

Es en este contexto donde deben leerse los debates presidenciales de marzo de 2026. No como una vitrina de liderazgo, sino como un espejo incómodo. Lo que allí se observa no es solo quién lo hizo mejor o peor, sino algo más preocupante: los límites reales de la política peruana para producir estadistas y sostener una deliberación pública de calidad.

Por ello, el análisis que sigue no se limita a describir quién destacó o quién falló. Más bien, propone una lectura integrada, basada en indicadores de evaluación y en marcos teóricos de la psicología política y social, que permita comprender por qué el nivel del debate fue el que fue —y qué dice ello sobre el Perú contemporáneo.

Criterios de análisis: una aproximación psico-política

Para el presente análisis se consideraron cinco indicadores, construidos a partir de literatura en psicología política y social:

  1. Solidez programática: claridad, viabilidad y especificidad de propuestas.
  2. Capacidad comunicativa: claridad del mensaje, manejo del tiempo y coherencia discursiva.
  3. Estrategia política: uso del ataque, defensa y posicionamiento frente a adversarios.
  4. Presencia y liderazgo: capacidad de representar simbólicamente a la ciudadanía.
  5. Autenticidad percibida: congruencia entre discurso, estilo y credibilidad emocional.

Estos indicadores permiten una lectura más sistemática del desempeño, evitando juicios meramente adjetivos.

Lunes 23: una excepción en un escenario fragmentado

A partir de los cinco indicadores considerados (solidez programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo y autenticidad percibida), la primera jornada mostró un patrón claro: alta dispersión, bajo rendimiento general y una única figura que logra integrar contenido y forma. Marisol Pérez-Tello sobresalió en los cinco indicadores: mostró solidez programática, manejo del tiempo, claridad argumentativa y una presencia consistente. Fue la única candidata que logró articular contenido y forma.

Marisol Pérez-Tello: desempeño integral y liderazgo técnico-político

Pérez-Tello fue la única candidata que destacó de manera consistente en los cinco indicadores.

  • Solidez programática: propuestas claras, estructuradas y viables
  • Capacidad comunicativa: manejo preciso del tiempo y claridad expositiva
  • Estrategia política: intervenciones focalizadas, sin dispersión
  • Presencia/liderazgo: control escénico y coherencia narrativa
  • Autenticidad percibida: congruencia entre discurso y estilo

Su desempeño representa un caso poco frecuente en el debate: alineación entre contenido, forma y credibilidad. Desde la psicología política, logra lo que otros no: proyectar competencia sin sacrificar conexión.

Yonhy Lescano: confrontación como eje, con déficit programático

Lescano destacó principalmente en estrategia política, orientando su participación hacia la confrontación, especialmente contra Rafael López Aliaga.

  • Fortaleza: ataque efectivo y visibilidad
  • Debilidad: baja solidez programática y limitada profundidad

En términos de psicología política, su desempeño refleja un uso claro del conflicto como mecanismo de posicionamiento, priorizando impacto sobre contenido.

Fernando Olivera: eficacia en ataque, debilidad estructural

Olivera mostró un patrón similar, aunque más marcado:

  • Alto desempeño en estrategia política (ataque)
  • Bajo desempeño en solidez programática

Su intervención confirma una lógica clásica del debate peruano: el ataque puede generar protagonismo, pero no necesariamente liderazgo.

Grozzo, López Chau, Williams y Álvarez: irrelevancia por déficit multivariable

Estos candidatos presentaron niveles bajos en casi todos los indicadores:

  • Solidez programática: propuestas genéricas o poco diferenciadas
  • Capacidad comunicativa: mensajes difusos o sin claridad
  • Presencia/liderazgo: incapacidad de posicionamiento
  • Autenticidad: baja recordación emocional

El caso de Álvarez añade un elemento particular: un discurso excesivamente punitivo y repetitivo, que reduce su efectividad comunicativa al saturar el mensaje.

En conjunto, estos perfiles configuran lo que puede denominarse una intrascendencia estructural: no destacan ni por contenido ni por forma.

Rafael López Aliaga y José Luna: evasión y debilidad comunicativa

Ambos candidatos evidenciaron problemas en indicadores clave:

  • Capacidad comunicativa: respuestas evasivas o desconectadas
  • Autenticidad percibida: discurso poco convincente
  • Estrategia política: repetición sin efectividad

La evasión, en particular, debilita la percepción de competencia, generando una desconexión inmediata con el público.

César Acuña: colapso multivariable

El desempeño de Acuña fue el más crítico de la jornada, con fallas en todos los indicadores:

  • Solidez programática: inexistente o incoherente
  • Capacidad comunicativa: desorden y falta de claridad
  • Estrategia política: ausencia de dirección
  • Presencia/liderazgo: nula proyección
  • Autenticidad percibida: deterioro progresivo de credibilidad

Más allá del juicio puntual, su caso refleja un fenómeno relevante: la reiteración de desempeños deficientes puede consolidar una imagen pública de incompetencia difícil de revertir.

Lectura integrada del día

El primer día evidenció una configuración clara:

  • Un desempeño integral (Pérez-Tello)
  • Algunos actores que destacan por conflicto, no por contenido
  • Una mayoría irrelevante
  • Un caso de colapso total (Acuña)

En términos de los cinco indicadores:

  • Alta desigualdad en desempeño
  • Predominio de déficits en solidez, comunicación y liderazgo
  • Uso del conflicto como sustituto del contenido

Esto refuerza una idea central del artículo: la calidad del debate no depende solo de individuos, sino de un ecosistema político que no incentiva la excelencia.

Martes 24: la mediocridad como estándar

A partir de los cinco indicadores considerados (solidez programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo y autenticidad percibida), la segunda jornada evidenció un patrón más crítico que el del primer día: colapso generalizado del desempeño, ausencia total de liderazgo y normalización de la mediocridad.

Ningún candidato logró sostener consistentemente los cinco indicadores, lo que convierte a esta jornada en la más débil en términos comparativos.

Fiorella Molinelli y Carlos Jaico: desempeño correcto por contraste

Ambos candidatos alcanzaron niveles aceptables, aunque sin destacar de manera sobresaliente.

  • Capacidad comunicativa: clara y ordenada
  • Solidez programática: suficiente, aunque no diferencial
  • Estrategia política: baja confrontación, enfoque técnico

Molinelli mostró dominio técnico con algunos momentos de tensión, mientras que Jaico mantuvo un tono sobrio y estable. Sin embargo, ambos presentaron limitaciones en presencia/liderazgo y autenticidad movilizadora.

Su “buen desempeño” debe leerse en clave contextual: no sobresalen por excelencia, sino por contraste con un entorno de bajo nivel.

Roberto Sánchez: suficiencia mínima en contexto de baja exigencia

Sánchez mantuvo un perfil bajo pero estable:

  • Sin errores graves en comunicación
  • Nivel básico en solidez programática
  • Nula incidencia en estrategia política

Su desempeño ilustra un fenómeno relevante desde la psicología social: en contextos de baja calidad general, la mediocridad estable puede percibirse como aceptable.

No lidera, pero tampoco cae, y eso basta.

George Forsyth, Diez Canseco y Massé: propuestas débiles y orientación punitiva

Estos candidatos presentaron déficits en indicadores clave:

  • Solidez programática: propuestas poco desarrolladas
  • Presencia/liderazgo: baja capacidad de posicionamiento
  • Estrategia política: limitada diferenciación

Un elemento adicional fue la tendencia hacia propuestas punitivas o militarizadas, lo que sugiere un uso de atajos discursivos orientados a activar respuestas emocionales (seguridad, control) más que a construir soluciones complejas.

Desde la psicología política, esto se vincula con el uso de heurísticas de amenaza, donde el discurso simplifica problemas estructurales en clave de orden y castigo.

Carlos Espá y Ricardo Belmont: debilidad estructural y personalismo

Ambos candidatos mostraron déficits en casi todos los indicadores:

  • Capacidad comunicativa: inconsistente o dispersa
  • Solidez programática: insuficiente
  • Estrategia política: errática

En el caso de Belmont, se añade un componente de personalismo discursivo, donde el foco se desplaza del programa hacia la auto-referencialidad.

El resultado es un bajo impacto político, donde los errores pesan más que los aciertos.

Álvaro Paz de la Barra, Chirinos y Carrasco: intrascendencia con distorsión programática

Estos candidatos representaron el nivel más bajo del día:

  • Solidez programática: propuestas inviables o jurídicamente inconsistentes
  • Capacidad comunicativa: baja claridad
  • Presencia/liderazgo: inexistente
  • Autenticidad: débil o poco creíble

Más allá de la intrascendencia, lo más problemático fue la formulación de propuestas estrafalarias o incompatibles con el marco constitucional, lo que introduce un elemento adicional: no solo hay déficit de calidad, sino también de viabilidad normativa.

Lectura integrada del día

El segundo día configura el escenario más crítico de los tres:

  • Ausencia total de desempeños integrales
  • Predominio de niveles bajos o mínimos en todos los indicadores
  • Aparición de propuestas simplificadas, punitivas o inviables
  • Liderazgo inexistente

En términos de los cinco indicadores:

  • Solidez programática: débil en la mayoría
  • Capacidad comunicativa: aceptable solo en casos aislados
  • Estrategia política: poco efectiva o inexistente
  • Presencia/liderazgo: ausente
  • Autenticidad: baja o irrelevante

Desde la psicología social, este día es clave porque evidencia un fenómeno peligroso: la normalización de la baja calidad como estándar aceptable.

Esto refuerza la hipótesis central del artículo:
no solo hay mediocridad, sino una adaptación del sistema —y de la percepción ciudadana— a esa mediocridad.

Miércoles 25: orden relativo sin liderazgo

La tercera jornada mostró una leve mejora. A partir de los cinco indicadores considerados (solidez programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo y autenticidad percibida), la tercera jornada muestra un patrón claro: mayor orden discursivo, pero persistente déficit en liderazgo y conexión emocional.

Enrique Valderrama: equilibrio técnico con limitación estratégica

Valderrama fue el candidato más consistente del día. Destacó en solidez programática y coherencia discursiva, manteniéndose alineado con su plan de gobierno y respetando el formato del debate.
En estrategia política, logró un cierre efectivo al dirigir ataques hacia Martín Vizcarra, César Acuña y Jorge Nieto, lo que le permitió posicionarse.

Sin embargo, su principal limitación estuvo en presencia y liderazgo: si bien fue sólido, no logró proyectar una identidad política suficientemente movilizadora. En términos de psicología social, no construyó un “nosotros” claro.

Mesías Guevara: buen uso del conflicto como herramienta

Guevara combinó adecuadamente propuesta y confrontación, destacando en estrategia política. Su ataque a Keiko Fujimori fue uno de los momentos más efectivos del debate.

En capacidad comunicativa, mostró claridad y orden, aunque sin alcanzar niveles sobresalientes.
Su debilidad relativa estuvo en autenticidad percibida y liderazgo simbólico: logró interpelar, pero no necesariamente representar.

Jorge Nieto: fortaleza conceptual, debilidad política

Nieto destacó en solidez programática y contenido conceptual, siendo probablemente el más sólido en términos técnicos.

No obstante, presentó déficits en capacidad comunicativa, presencia y autenticidad emocional. Su estilo excesivamente técnico dificultó la conexión con el público, lo que limita su eficacia política.

Desde la psicología política, este caso refleja una tensión clásica: alto contenido cognitivo, baja activación emocional.

Rosario Fernández: solvencia técnica sin conexión

Fernández mostró chispazos de ataques llamativos, solidez programática y orden discursivo, pero su principal debilidad estuvo en la autenticidad percibida.

La percepción de rigidez —reforzada incluso por reacciones en redes sociales— afectó su capacidad comunicativa y su presencia política. Este caso evidencia cómo, en contextos de desconfianza, la forma puede pesar tanto como el contenido.

Keiko Fujimori: desgaste narrativo, evasión estratégica y disonancia con la experiencia acumulada

El desempeño de Fujimori resulta particularmente relevante por una razón central: no se trata de una candidata novata, sino de una figura con amplia experiencia en debates presidenciales. Precisamente por ello, sus debilidades no pueden explicarse por falta de entrenamiento, sino por problemas más estructurales en su posicionamiento político y comunicativo.

En términos de los cinco indicadores:

  • Solidez programática: desplazada por el uso reiterado de narrativas anecdóticas, centradas en historias de “ciudadanos” que, si bien buscan generar empatía, terminan diluyendo la concreción de propuestas.
  • Capacidad comunicativa: afectada por la evasión sistemática de preguntas directas, lo que debilita la claridad del mensaje y genera una percepción de falta de transparencia.
  • Estrategia política: reactiva más que proactiva; responde a ataques, pero no logra marcar agenda ni reposicionarse.
  • Presencia/liderazgo: erosionada por una actitud percibida como prepotente o confrontacional, que dificulta la construcción de cercanía.
  • Autenticidad percibida: debilitada por la sensación de discurso forzado o poco creíble.

Un elemento particularmente crítico es la disonancia entre experiencia y desempeño. En teoría, una novena participación en debates debería traducirse en mayor control escénico, precisión argumentativa y capacidad de adaptación al formato. Sin embargo, ocurre lo contrario: se evidencia un patrón de rigidez discursiva, donde el mensaje parece preconfigurado y poco sensible a las dinámicas del debate.

Desde la psicología política, esto puede interpretarse como un caso de desgaste narrativo: cuando un repertorio discursivo se repite sin renovación, pierde eficacia simbólica, incluso si mantiene coherencia interna. A ello se suma un problema de credibilidad acumulada, donde la percepción previa del candidato condiciona la recepción del mensaje actual.

Asimismo, el uso de relatos anecdóticos puede entenderse como un intento de activar conexión emocional; sin embargo, en contextos de alta desconfianza —como el peruano— estas estrategias pueden ser interpretadas como artificios, reduciendo su impacto.

En conjunto, su desempeño refleja un fenómeno clave: la experiencia política no garantiza efectividad comunicativa ni liderazgo percibido.

Más aún, cuando no se acompaña de renovación narrativa y adaptación al contexto, puede convertirse en un factor de desgaste.

Otros candidatos: irrelevancia multivariada

El resto de participantes se mantuvo en niveles bajos en todos los indicadores:

  • Baja diferenciación programática
  • Escasa claridad comunicativa
  • Nula capacidad de posicionamiento

En términos analíticos, esto configura un escenario de intrascendencia sistémica.

Lectura integrada del día

El tercer día mostró una mejora en orden y contenido, pero no resolvió el problema central: la ausencia de liderazgo auténtico y movilizador.

En términos de los cinco indicadores:

  • Mejora en solidez programática y coherencia
  • Estancamiento en presencia, autenticidad y liderazgo

Esto refuerza la hipótesis central del artículo: el sistema puede producir candidatos técnicamente correctos, pero no estadistas.

Epílogo: Corrupción, desafección y cultura política peruana

El contexto peruano —marcado por eventos como el Caso Lava Jato y los Vladivideos— ha erosionado profundamente la confianza institucional. Estos eventos han erosionado profundamente la confianza institucional, generando lo que la literatura denomina desafección política (Norris, 2011).

Investigaciones recientes muestran que la corrupción percibida reduce la confianza, incrementa el cinismo y debilita la participación política informada (Muñoz et al., 2020; OECD, 2023).

Desde la psicología social, esta situación produce tres efectos clave:

1.       Normalización de la corrupción: La corrupción deja de ser una anomalía y pasa a ser percibida como parte del sistema (Carrión, 2006).

2.       Cinismo político: Los ciudadanos reducen sus expectativas y adoptan una lógica pragmática: “todos son iguales”.

3.       Tolerancia a la mediocridad: Cuando la expectativa es baja, el estándar también lo es. Esto explica por qué debates de bajo nivel no generan indignación sostenida.

 En este contexto, los bajos estándares observados en los debates no generan ruptura, sino coherencia con la expectativa social instalada.

Claves desde la psicología política contemporánea

Los patrones observados en los debates se alinean con varios marcos teóricos:

  • Negativity bias: predominio del ataque sobre la propuesta (Soroka et al., 2019)
  • Heurísticas cognitivas: simplificación del discurso político (Kahneman, 2011)
  • Polarización afectiva: emociones sobre ideas (Iyengar et al., 2019)
  • Crisis de representación: debilitamiento del vínculo político (Foa et al., 2020)
  • Ausente liderazgo social: que genera ausencia de construcción de identidad colectiva (Haslam et al., 2011)

En conjunto, estos elementos configuran un ecosistema donde el debate político pierde profundidad y se convierte en un espacio de activación emocional más que de deliberación.

Conclusión

El problema no es que los debates hayan sido malos. El problema es que reflejan con precisión el estado del sistema político peruano: cumplen perfectamente con los indicadores de un sistema deteriorado.

En este contexto, la ausencia de liderazgo no es una excepción, sino la consecuencia lógica de un sistema atravesado por la corrupción, debilitado institucionalmente y sostenido por una cultura política que ha aprendido a tolerar —y a veces incluso a esperar— la mediocridad. La mediocridad no es accidental: es estructural, predecible y, sobre todo, psicológicamente comprensible.

Pero hay un elemento adicional que resulta particularmente inquietante. En teoría, un debate presidencial debería permitir identificar a un candidato con cualidades de estadista: visión de largo plazo, capacidad de articulación programática, liderazgo y representación colectiva. Sin embargo, lo observado evidencia una paradoja: el formato del debate, las limitaciones de la oferta política y las dinámicas psicológicas que estructuran la comunicación contemporánea no conducen a la deliberación sustantiva, sino a la gratificación inmediata de la confrontación.

En ese escenario, el estándar de evaluación se desplaza. Ya no se busca al más preparado para gobernar, sino al más eficaz en interpelar —aunque sea superficialmente— a los responsables de la crisis. Así, la política deja de ser un espacio de construcción de futuro y se reduce a un ejercicio de sanción simbólica del pasado.

Cuando una democracia deja de preguntarse quién puede conducirla y se limita a identificar a quién castigar, el problema deja de ser electoral. Se convierte en un problema estructural de país.

 

Referencias:

Carrión, J. F. (2006). The political culture of democracy in Peru. Vanderbilt University (LAPOP).

Degregori, C. I. (2013). Qué difícil es ser Dios: ideología y violencia política en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos.

Foa, R. S., Klassen, A., Slade, M., Rand, A., & Williams, R. (2020). The global satisfaction with democracy report 2020. Cambridge University.
https://www.cam.ac.uk/system/files/democracy-report-2020.pdf

Iyengar, S., Lelkes, Y., Levendusky, M., Malhotra, N., & Westwood, S. (2019). The origins and consequences of affective polarization. Annual Review of Political Science, 22, 129–146.
https://doi.org/10.1146/annurev-polisci-051117-073034

Haslam, S. A., Reicher, S. D., & Platow, M. J. (2011). The new psychology of leadership: Identity, influence and power. Psychology Press.

Muñoz, P., Anduiza, E., & Gallego, A. (2020). Corruption and political participation. Latin American Politics and Society, 62(1), 1–23.
https://doi.org/10.1017/lap.2019.42

Norris, P. (2011). Democratic deficit: Critical citizens revisited. Cambridge University Press.

OECD. (2023). Government at a glance: Latin America and the Caribbean 2023.
https://doi.org/10.1787/ce0c7fbb-en

Portocarrero, G. (2004). Rostros criollos del mal: cultura y transgresión en la sociedad peruana. Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.

Soroka, S., Fournier, P., & Nir, L. (2019). Negativity bias in news. PNAS, 116(38), 18888–18892.
https://doi.org/10.1073/pnas.1908369116

Tanaka, M. (2021). La política en el Perú: crisis y recomposición. Instituto de Estudios Peruanos.

Tanaka, M. (2015). Los partidos políticos en el Perú: debilidad institucional y fragmentación. Instituto de Estudios Peruanos.