domingo, septiembre 13, 2026

Javier Taboada Vives: una vida dedicada a salvar y a cuidar

Médico trujillano, neurólogo y psiquiatra, coronel retirado del Ejército de los Estados Unidos y veterano de Vietnam, ejerció la medicina durante más de seis décadas. Pero detrás de los títulos, las especialidades y los reconocimientos había algo mucho más sencillo y profundamente humano: la disposición de estar allí cuando alguien necesitaba ayuda.

Hay momentos en los que un médico dispone de horas para estudiar un caso, revisar antecedentes, solicitar exámenes, conversar con otros especialistas y contrastar hipótesis. Y hay otros en los que apenas tiene unos minutos, a veces segundos, para decidir. Mi tío, Javier Gustavo Taboada Vives, conoció ambos extremos de la medicina.

Durante la Guerra de Vietnam ejerció como médico del Ejército de los Estados Unidos. Allí, muy lejos de los consultorios y hospitales donde desarrollaría buena parte de su carrera, la medicina y la vida le tenían una tenía una urgencia difícil de imaginar: el triaje de guerra. Había que recibir heridos, estabilizarlos, evaluar rápidamente su gravedad y establecer prioridades de atención, la presión de tener que elegir a quien salvar y a quien dejar partir. En circunstancias así, el conocimiento científico que Javier valoraría durante toda su vida dejaba de ser algo aprendido en un libro o en una universidad: tenía que convertirse, en cuestión de segundos, en una decisión capaz de salvar una vida.

Fue condecorado por su participación como médico durante la guerra y, con los años, alcanzaría el grado de coronel del U.S. Army. Sin embargo esto fue solo una pequeña parte de su historia.


Del triaje de guerra a la conderación médico-militar. Recreado con IA.


Hoy, mientras intento ordenar los recuerdos y reconstruir su recorrido, aparecen muchas versiones de una misma persona: el médico confiable de consultorio, el médico del triaje de guerra, el científico, el peruano que nunca terminó de alejarse de su país y, por supuesto, el tío al que recurríamos cuando alguien de la familia necesitaba ayuda.

De Trujillo a los Estados Unidos

Pero antes de Estados Unidos, de las especializaciones, de Vietnam o de una carrera profesional que terminaría prolongándose durante más de seis décadas, estaba el Javier joven que estudiaba para convertirse en médico y entraba y salía de la casa familiar en Trujillo.

Nacido en Trujillo el 20 de febrero de 1940, Javier era 4to de lo que serían 7 hermanos. La excelencia académica apareció muy temprano en su vida. Javier terminó sus estudios escolares con las mejores calificaciones y mantuvo ese desempeño durante sus años universitarios. Estudió Medicina en la Universidad Nacional de Trujillo, donde volvió a destacar académicamente, siendo siempre el primero de su clase.

Mi mamá. la última de los 7 hermanos Taboada Vives, conserva de aquellos años apenas algunas imágenes borrosas, pero muy queridas. Ella tendría apenas tres o cuatro años y Javier ya estudiaba Medicina en la universidad. A veces coincidían en la puerta de la casa. Él llegaba o salía, la saludaba y ella se apresuraba a anticiparle qué postres deliciosos había preparado ese día mamá Esperanza. Javier celebraba estas noticias con una sonrisa y un beso, alentando a su hermanita a que continuara en su labor informativa a sus otros hermanos.

Hay otro episodio de aquellos años que mi mamá no recuerda por sí misma, porque era todavía demasiado pequeña, sino a través de una de esas historias familiares que pasan de una generación a otra. Según le contaron, un día una mujer la tomó en brazos en la calle y subió con ella a un bus, quién sabe a dónde. Pero, por una de esas coincidencias que pueden cambiar completamente una historia, Javier se encontraba allí. Al verla reaccionó de inmediato y con furibunda voz: «¿Qué haces con mi hermanita?». Se la quitó de los brazos y regresó con ella a casa. Nunca podremos saber con absoluta certeza qué pretendía aquella mujer, pero para la familia quedó la convicción de que Javier evitó que se llevaran a su pequeña hermana para siempre.

En una escena, Javier escucha a su hermanita contarle qué postre había preparado mamá Esperanza; en la otra, es él quien la devuelve sana y salva a casa. Son historias anteriores a Georgetown, Cornell, Vietnam y los hospitales de Estados Unidos, pero vistas desde hoy parecen anticipar algo de lo que vendría después: mucho antes de dedicar su vida profesional a cuidar a otros, Javier ya estaba cuidando a los suyos.

Antes de partir a los Estados Unidos a continuar su especialización, se despediría de último con un beso: “te voy a extrañar mucho, hermanita”.

Allá en los Estado Unidos, emprendió una trayectoria de especialización particularmente exigente: se formó en Neurología en Georgetown y posteriormente en Psiquiatría en Cornell. Ambas especialidades le permitían aproximarse al ser humano desde perspectivas que se complementaban: el funcionamiento del cerebro y del sistema nervioso, pero también aquello que sentimos, pensamos y hacemos.

Llegó a ser miembro de la American Academy of Neurology y desarrolló una extensa carrera profesional en Estados Unidos. A ello se sumaron su incorporación al Ejército estadounidense, su experiencia como médico en Vietnam y, posteriormente, el grado de coronel. La verdad es que resulta difícil condensar una trayectoria semejante en unas cuantas credenciales. Quizá una cifra permita dimensionarla mejor: Javier ejerció la medicina durante más de sesenta años. Fueron más de seis décadas viendo pacientes, escuchando historias, estudiando enfermedades, tomando decisiones difíciles y acompañando a personas y familias. También fueron seis décadas contemplando desde dentro una transformación extraordinaria de la propia medicina, desde una época en la que muchas de las herramientas actuales ni siquiera existían hasta los años de la telemedicina y la comunicación inmediata.


Una vida de trabajo, pero también de buen humor

Una de tantas sobrinas vivió aproximadamente diez meses en su casa en Pennsylvania y conserva una imagen cotidiana que, a mi parecer, cuenta más sobre Javier que una larga relación de títulos. Recuerda con admiración que salía de casa alrededor de las 7:30 de la mañana y regresaba aproximadamente a las nueve de la noche. «Qué tal jornada laboral», escribió al despedirlo. Haberlo visto mantener aquel ritmo día tras día despertó en ella una profunda admiración y respeto. Detrás del médico brillante había, sencillamente, un trabajador incansable.

Esta sobrina suya recuerda también que era muy apreciado por sus pacientes, pero cuando habla de él no se queda en lo profesional. Lo describe como una persona buena, amable, simpática y generosa; un buen esposo, buen hijo y buen padre. Su despedida reúne dos sentimientos que seguramente compartimos muchos de quienes lo conocimos: admiración y gratitud. Estos recuerdos importan porque los títulos ayudan a comprender lo que Javier alcanzó, pero no necesariamente quién fue. A veces una puerta que se abre a las nueve de la noche, cuando finalmente regresa a casa un médico que salió trece horas antes, cuenta bastante más.

Sin embargo, sería injusto que aquella imagen del hombre disciplinado y entregado al trabajo terminara convirtiendo a Javier, en el recuerdo, en una figura demasiado solemne. El tío Javier tenía también un excelente sentido del humor. Podía hablar con enorme seriedad sobre neurología, psiquiatría o una enfermedad compleja y, poco después, introducir una ocurrencia que cambiaba por completo el ambiente. La rigurosidad intelectual convivía en él con la simpatía y una manera muy natural de hacer reír a los demás.

Una escena familiar lo retrata especialmente bien. Javier tuvo cuatro hijas y, durante el matrimonio de una de ellas, le correspondió pronunciar unas palabras. En perfecto inglés y con toda la formalidad que uno puede imaginar en el discurso del padre de la novia, contó que su flamante yerno se había mudado a la costa para convertirse en surfista profesional, y que el auguraba muchos éxitos en esa empresa. La ocurrencia, introducida precisamente en medio de un momento solemne, mostraba otra parte de su personalidad. Podía ser el médico de enorme experiencia, el militar o el científico, pero seguía siendo alguien capaz de encontrar el momento preciso para una broma y disfrutar haciendo reír a quienes tenía alrededor.


El Perú al que siempre regresaba

Construir una vida profesional en Estados Unidos nunca significó para Javier desprenderse del Perú. Al contrario, encontró una manera de mantener ese vínculo tanto desde la medicina como desde los afectos. En 1972 participó en la creación de la Peruvian-American Medical Society (PAMS), junto con otros médicos peruanos radicados en Estados Unidos. Era todavía un médico joven, pero ya formaba parte de una iniciativa que buscaba tender puentes entre la comunidad médica peruana en Estados Unidos y las necesidades de salud de su país de origen.

A través de PAMS participó en actividades que combinaban asistencia, formación y cooperación médica. Los profesionales viajaban a diferentes lugares del Perú año a año, donaban equipos, capacitaban a médicos y desarrollaban conferencias sobre los avances de la ciencia médica. Había detrás de estas acciones una idea que encaja muy bien con la manera en que Javier entendía su profesión: el conocimiento adquiría mayor valor cuando podía compartirse. No se trataba únicamente de atender pacientes durante una visita, sino también de intercambiar experiencias con colegas peruanos, acercar nuevos conocimientos y dejar recursos que continuaran siendo útiles una vez concluida cada misión.


El tío Javier conformó parte de PAMS, y regresaba cada año al Perú a potenciar hospitales remotos. Recreación con IA.

Pero aquellos viajes tenían para Javier otra dimensión, bastante más íntima. Año tras año, regresar al Perú significaba también volver a Trujillo y visitar a su familia. Las actividades de PAMS le permitían mantener una presencia profesional en el país donde había estudiado Medicina, pero esos retornos eran igualmente oportunidades para reencontrarse con sus hermanos, sobrinos y demás familiares, compartir la mesa, conversar y recuperar durante unos días una cercanía que los miles de kilómetros entre Estados Unidos y el Perú hacían más difícil el resto del año.

Y es que Javier podía haber construido prácticamente toda su vida adulta en Estados Unidos, pero Trujillo seguía siendo su hogar. Hay algo entrañable en imaginar ese recorrido repetido durante tantos años: el médico regresaba para compartir lo aprendido; el hermano y el tío, para reencontrarse con los suyos. Ambas cosas ocurrían en un mismo viaje. Así, aquel joven trujillano que salió del Perú para continuar su formación regresó una y otra vez durante décadas, cada vez con más experiencia y conocimiento, pero también con el mismo vínculo familiar que lo llevaba de vuelta a sus raíces.

La ciencia como forma de comprender el mundo

Hay una conversación con Javier que hoy me gustaría poder volver a escuchar. En febrero de 2021 tuve la oportunidad de entrevistarlo para Lima Cinema Group, un proyecto que desarrollaba alrededor del cine, la ciencia y la cultura. Javier participó como comentarista del capítulo 5 de Cosmos: Mundos Posibles, aportando la mirada que le daban sus dos especialidades, la neurología y la psiquiatría. Lamentablemente, no conservo la grabación y no quisiera reconstruir ahora frases que no recuerdo literalmente, pero sí permanece muy claro en mi memoria uno de los temas sobre los que conversamos: la historia y la importancia del método científico.


Flyer del evento, realizado el sábado 13 de febrero de 2021 a través de Lima Cinema Group.

Hablamos de sus diferentes partes y, sobre todo, de su importancia para las distintas ciencias. El método científico constituía una manera ordenada y rigurosa de formular preguntas sobre la realidad y tratar de responderlas mediante evidencia. Aquella conversación me quedó grabada porque mostraba una faceta de mi tío que siempre disfruté especialmente. Con Javier uno podía comenzar hablando de medicina o neurociencia y, casi sin darse cuenta, terminar conversando sobre política, sociología, filosofía o sobre la manera en que los seres humanos intentamos comprender el mundo.

Lo que recuerdo de aquella conversación es precisamente esa valoración del conocimiento construido con método: observar, formular preguntas, plantear hipótesis, contrastarlas y estar dispuesto a modificar nuestras explicaciones cuando la evidencia así lo exige. Pensándolo ahora, encuentro un hilo que une al joven médico que estuvo en Vietnam con aquel hombre de 80 años con quien conversé en 2021. El escenario era completamente distinto, la medicina había cambiado enormemente y el mundo también, pero algo permanecía: observar, razonar, contrastar y decidir a partir del mejor conocimiento disponible.

El médico de la familia

Sin embargo, cuando pienso en Javier, no pienso solamente en el médico reconocido, el científico o el coronel. Pienso, inevitablemente, en el tío Javier. Durante décadas fue una referencia médica para nuestra familia. Cuando alguien enfermaba, aparecía un diagnóstico que no terminábamos de entender, surgía una preocupación o simplemente necesitábamos escuchar otra opinión, estaba la posibilidad de consultarle telefónicamente, a cualquier hora del día.

Y esa historia atravesó, curiosamente, toda una revolución tecnológica. Hubo una época en la que consultar al tío Javier desde el Perú significaba sentarse junto al teléfono fijo y hacer una llamada internacional. Luego llegaron los celulares, más tarde los mensajes y el intercambio casi instantáneo de información y, finalmente, las videollamadas y la teleconsulta. Pasamos del teléfono con cable a una pantalla desde la que podíamos verlo a miles de kilómetros. La tecnología cambió, pero la disposición de Javier para ayudar permaneció intacta.


60 años en consulta. 60 años de consejos a la familia. Recreado con IA.

Muchos miembros de nuestra familia recibimos alguna vez una explicación, una recomendación o una orientación suya. A veces era una consulta concreta; otras, una conversación que comenzaba con una pregunta médica y terminaba mucho más lejos. Quizá sea justamente allí, lejos de las condecoraciones, los uniformes y los títulos universitarios, donde se entiende mejor su manera de vivir la medicina: su conocimiento estaba para ser compartido. Por eso, cuando hace cinco años tuve la oportunidad de entrevistarlo frente a una cámara, aquella situación no resultaba completamente extraña. De una manera u otra, llevábamos muchos años haciendo algo parecido: preguntándole y escuchándolo.

El médico y la persona

Después de una muerte aparece, casi inevitablemente, la necesidad de hacer un inventario de la vida: qué estudió, dónde trabajó, qué cargos alcanzó, qué reconocimientos recibió. En el caso de Javier, además, la lista podría ser larga: la Universidad Nacional de Trujillo, Georgetown, Cornell, la neurología, la psiquiatría, Vietnam, el Ejército de los Estados Unidos, el grado de coronel, las distinciones profesionales, la creación de PAMS, las misiones médicas al Perú y más de sesenta años de ejercicio. Todo eso importa, claro que importa. Pero una vida no cabe en un currículum.

Son los recuerdos pequeños, incluso aquellos que en su momento parecían cotidianos, los que terminan completando el retrato: el joven estudiante de Medicina que escuchaba a su hermanita contarle qué postre había preparado Esperanza; el hermano que, según aquella historia familiar, la encontró en un bus y la llevó de regreso a casa; el hombre que podía pasar trece horas trabajando y conservar su simpatía; el padre de cuatro hijas capaz de bromear en pleno discurso de matrimonio; el médico que volvía año tras año al Perú y aprovechaba para reencontrarse con los suyos; el especialista al que llamaba la familia desde Trujillo; y el tío con quien una consulta podía convertirse, casi sin darnos cuenta, en una larga conversación sobre el cerebro, la ciencia, la filosofía o la vida.

Mi prima Patty utilizó una expresión muy sencilla al despedirlo: «orgullo de nuestra familia». La verdad es que cuesta encontrar una mejor.

Cuatro hermanos, una misma raíz

Su partida llega, además, en un momento especialmente doloroso para nuestra familia. Javier perteneció a una generación de cuatro hermanos cuya historia hemos ido despidiendo poco a poco: Manuel Taboada Vives (1934–1984), Esperanza Taboada Vives (1936–2026), Javier Taboada Vives (1940–2026) e Iván Taboada Vives (1943–2021). Manuel partió demasiado pronto, en 1984, junto con sus padres Manuel (1980) y Esperanza (1983). Muchos años después, en 2021, nos dejó Iván. Hace apenas unos meses, en mayo de este año, despedimos a Esperanza y ahora, casi sin haber terminado de procesar aquella pérdida, nos toca despedir a Javier.

Los 4 que ya no están. Recreado con IA.

Quizá por eso conmueve tanto imaginar nuevamente a los cuatro hermanos juntos. Manuel, Esperanza, Javier e Iván: cuatro historias distintas, pero una misma raíz. La vida los llevó por caminos diferentes y también los fue separando en tiempos muy distintos, pero en la memoria familiar vuelven a encontrarse. A veces basta una fotografía antigua, una anécdota que alguien vuelve a contar o simplemente un apellido compartido para que la distancia de los años desaparezca por un instante.

Gracias, tío Javier

De las aulas de la Universidad Nacional de Trujillo a los hospitales de Estados Unidos; de la medicina de guerra en Vietnam a la neurología y la psiquiatría; del uniforme del Ejército estadounidense y el grado de coronel a las misiones de PAMS que lo hacían regresar al Perú y, de paso, reencontrarse año tras año con su familia en Trujillo; del viejo teléfono fijo de las llamadas internacionales a las últimas videollamadas. Han pasado más de sesenta años de medicina. Toda una vida: 86 años al servicio de los demás.

Nos queda, sin embargo, muchísimo de lo que Javier compartió durante sus 86 años: sus conocimientos, el ejemplo de su disciplina, las vidas que pudo ayudar a cuidar, el cariño de sus pacientes, su compromiso con el Perú, las enseñanzas que dejó a otros médicos, su sentido del humor y, sobre todo, esa generosidad para poner lo que sabía al servicio de los demás. También quedan esas historias mucho más pequeñas que sobreviven dentro de una familia: una niña anunciándole el postre del día a su hermano mayor, una llamada internacional para pedirle una opinión, un regreso a Trujillo, una conversación sobre ciencia o una broma dicha justo cuando nadie la esperaba. Tal vez sea allí donde una persona permanece de una manera más íntima.

Por eso hoy, en medio de la tristeza, hay una palabra que regresa una y otra vez: gracias. Gracias, tío Javier, por tantas conversaciones científicas y filosóficas, por las consultas y las orientaciones, y por contestar tantas veces cuando alguien de la familia necesitaba de tu experiencia. Gracias por compartir lo que sabías sin hacer de ese conocimiento una distancia, sino un puente hacia los demás. Gracias por una vida dedicada a la medicina, por regresar año tras año al Perú, por mantenerte cerca de los tuyos a pesar de la distancia, por las historias y, cómo no, también por las risas. Descansa en paz, querido tío Javier.


Descansa en paz, querido tío. Fuente: Facebook de la familia.


Dr. Javier Gustavo Taboada Vives
20 de febrero de 1940 – 13 de setiembre de 2026
Médico, neurólogo, psiquiatra, veterano de Vietnam y coronel retirado del Ejército de los Estados Unidos.


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