Médico trujillano, neurólogo y psiquiatra, coronel retirado del Ejército de los Estados Unidos y veterano de Vietnam, ejerció la medicina durante más de seis décadas. Pero detrás de los títulos, las especialidades y los reconocimientos había algo mucho más sencillo y profundamente humano: la disposición de estar allí cuando alguien necesitaba ayuda.
Hay momentos en los que un médico dispone de horas para
estudiar un caso, revisar antecedentes, solicitar exámenes, conversar con otros
especialistas y contrastar hipótesis. Y hay otros en los que apenas tiene unos
minutos, a veces segundos, para decidir. Mi tío, Javier Gustavo Taboada
Vives, conoció ambos extremos de la medicina.
Durante la Guerra de Vietnam ejerció como médico del Ejército
de los Estados Unidos. Allí, muy lejos de los consultorios y hospitales donde
desarrollaría buena parte de su carrera, la medicina y la vida le tenían una tenía
una urgencia difícil de imaginar: el triaje de guerra. Había que recibir
heridos, estabilizarlos, evaluar rápidamente su gravedad y establecer
prioridades de atención, la presión de tener que elegir a quien salvar y a
quien dejar partir. En circunstancias así, el conocimiento científico que
Javier valoraría durante toda su vida dejaba de ser algo aprendido en un libro
o en una universidad: tenía que convertirse, en cuestión de segundos, en una
decisión capaz de salvar una vida.
Fue
condecorado por su participación como médico durante la guerra y, con los años,
alcanzaría el grado de coronel del U.S. Army. Sin embargo esto fue solo
una pequeña parte de su historia.
Hoy,
mientras intento ordenar los recuerdos y reconstruir su recorrido, aparecen
muchas versiones de una misma persona: el médico confiable de consultorio, el médico
del triaje de guerra, el científico, el peruano que nunca terminó de alejarse
de su país y, por supuesto, el tío al que recurríamos cuando alguien de la
familia necesitaba ayuda.
De
Trujillo a los Estados Unidos
Pero antes
de Estados Unidos, de las especializaciones, de Vietnam o de una carrera
profesional que terminaría prolongándose durante más de seis décadas, estaba el
Javier joven que estudiaba para convertirse en médico y entraba y salía de la
casa familiar en Trujillo.
Nacido en
Trujillo el 20 de febrero de 1940, Javier era 4to de lo que serían 7 hermanos.
La excelencia académica apareció muy temprano en su vida. Javier terminó sus
estudios escolares con las mejores calificaciones y mantuvo ese desempeño
durante sus años universitarios. Estudió Medicina en la Universidad Nacional
de Trujillo, donde volvió a destacar académicamente, siendo siempre el
primero de su clase.
Mi mamá. la
última de los 7 hermanos Taboada Vives, conserva de aquellos años apenas
algunas imágenes borrosas, pero muy queridas. Ella tendría apenas tres o cuatro
años y Javier ya estudiaba Medicina en la universidad. A veces coincidían en la
puerta de la casa. Él llegaba o salía, la saludaba y ella se apresuraba a anticiparle
qué postres deliciosos había preparado ese día mamá Esperanza. Javier
celebraba estas noticias con una sonrisa y un beso, alentando a su hermanita a
que continuara en su labor informativa a sus otros hermanos.
Hay otro
episodio de aquellos años que mi mamá no recuerda por sí misma, porque era
todavía demasiado pequeña, sino a través de una de esas historias familiares
que pasan de una generación a otra. Según le contaron, un día una mujer la tomó
en brazos en la calle y subió con ella a un bus, quién sabe a dónde. Pero, por
una de esas coincidencias que pueden cambiar completamente una historia, Javier
se encontraba allí. Al verla reaccionó de inmediato y con furibunda voz: «¿Qué
haces con mi hermanita?». Se la quitó de los brazos y regresó con ella a
casa. Nunca podremos saber con absoluta certeza qué pretendía aquella mujer,
pero para la familia quedó la convicción de que Javier evitó que se llevaran a
su pequeña hermana para siempre.
En una
escena, Javier escucha a su hermanita contarle qué postre había preparado mamá Esperanza;
en la otra, es él quien la devuelve sana y salva a casa. Son historias
anteriores a Georgetown, Cornell, Vietnam y los hospitales de Estados Unidos,
pero vistas desde hoy parecen anticipar algo de lo que vendría después: mucho
antes de dedicar su vida profesional a cuidar a otros, Javier ya estaba
cuidando a los suyos.
Antes de
partir a los Estados Unidos a continuar su especialización, se despediría de
último con un beso: “te voy a extrañar mucho, hermanita”.
Allá en los
Estado Unidos, emprendió una trayectoria de especialización particularmente
exigente: se formó en Neurología en Georgetown y posteriormente en Psiquiatría
en Cornell. Ambas especialidades le permitían aproximarse al ser humano
desde perspectivas que se complementaban: el funcionamiento del cerebro y del
sistema nervioso, pero también aquello que sentimos, pensamos y hacemos.
Llegó a ser
miembro de la American Academy of Neurology y desarrolló una extensa
carrera profesional en Estados Unidos. A ello se sumaron su incorporación al
Ejército estadounidense, su experiencia como médico en Vietnam y,
posteriormente, el grado de coronel. La verdad es que resulta difícil condensar
una trayectoria semejante en unas cuantas credenciales. Quizá una cifra permita
dimensionarla mejor: Javier ejerció la medicina durante más de sesenta años.
Fueron más de seis décadas viendo pacientes, escuchando historias, estudiando
enfermedades, tomando decisiones difíciles y acompañando a personas y familias.
También fueron seis décadas contemplando desde dentro una transformación
extraordinaria de la propia medicina, desde una época en la que muchas de las
herramientas actuales ni siquiera existían hasta los años de la telemedicina y
la comunicación inmediata.
Una vida
de trabajo, pero también de buen humor
Una de
tantas sobrinas vivió aproximadamente diez meses en su casa en Pennsylvania y
conserva una imagen cotidiana que, a mi parecer, cuenta más sobre Javier que
una larga relación de títulos. Recuerda con admiración que salía de casa
alrededor de las 7:30 de la mañana y regresaba aproximadamente a las nueve
de la noche. «Qué tal jornada laboral», escribió al despedirlo. Haberlo
visto mantener aquel ritmo día tras día despertó en ella una profunda
admiración y respeto. Detrás del médico brillante había, sencillamente, un
trabajador incansable.
Esta sobrina
suya recuerda también que era muy apreciado por sus pacientes, pero cuando
habla de él no se queda en lo profesional. Lo describe como una persona buena,
amable, simpática y generosa; un buen esposo, buen hijo y buen padre. Su
despedida reúne dos sentimientos que seguramente compartimos muchos de quienes
lo conocimos: admiración y gratitud. Estos recuerdos importan porque los
títulos ayudan a comprender lo que Javier alcanzó, pero no necesariamente quién
fue. A veces una puerta que se abre a las nueve de la noche, cuando finalmente
regresa a casa un médico que salió trece horas antes, cuenta bastante más.
Sin embargo,
sería injusto que aquella imagen del hombre disciplinado y entregado al trabajo
terminara convirtiendo a Javier, en el recuerdo, en una figura demasiado
solemne. El tío Javier tenía también un excelente sentido del humor.
Podía hablar con enorme seriedad sobre neurología, psiquiatría o una enfermedad
compleja y, poco después, introducir una ocurrencia que cambiaba por completo
el ambiente. La rigurosidad intelectual convivía en él con la simpatía y una
manera muy natural de hacer reír a los demás.
Una escena
familiar lo retrata especialmente bien. Javier tuvo cuatro hijas y, durante el
matrimonio de una de ellas, le correspondió pronunciar unas palabras. En
perfecto inglés y con toda la formalidad que uno puede imaginar en el discurso
del padre de la novia, contó que su flamante yerno se había mudado a la
costa para convertirse en surfista profesional, y que el auguraba muchos éxitos
en esa empresa. La ocurrencia, introducida precisamente en medio de un
momento solemne, mostraba otra parte de su personalidad. Podía ser el médico de
enorme experiencia, el militar o el científico, pero seguía siendo alguien
capaz de encontrar el momento preciso para una broma y disfrutar haciendo reír
a quienes tenía alrededor.
El Perú
al que siempre regresaba
Construir
una vida profesional en Estados Unidos nunca significó para Javier desprenderse
del Perú. Al contrario, encontró una manera de mantener ese vínculo tanto desde
la medicina como desde los afectos. En 1972 participó en la creación de la
Peruvian-American Medical Society (PAMS), junto con otros médicos peruanos
radicados en Estados Unidos. Era todavía un médico joven, pero ya formaba parte
de una iniciativa que buscaba tender puentes entre la comunidad médica peruana
en Estados Unidos y las necesidades de salud de su país de origen.
A través de
PAMS participó en actividades que combinaban asistencia, formación y
cooperación médica. Los profesionales viajaban a diferentes lugares del Perú
año a año, donaban equipos, capacitaban a médicos y desarrollaban conferencias
sobre los avances de la ciencia médica. Había detrás de estas acciones una idea
que encaja muy bien con la manera en que Javier entendía su profesión: el
conocimiento adquiría mayor valor cuando podía compartirse. No se trataba
únicamente de atender pacientes durante una visita, sino también de
intercambiar experiencias con colegas peruanos, acercar nuevos conocimientos y
dejar recursos que continuaran siendo útiles una vez concluida cada misión.
Pero
aquellos viajes tenían para Javier otra dimensión, bastante más íntima. Año
tras año, regresar al Perú significaba también volver a Trujillo y visitar a su
familia. Las actividades de PAMS le permitían mantener una presencia
profesional en el país donde había estudiado Medicina, pero esos retornos eran
igualmente oportunidades para reencontrarse con sus hermanos, sobrinos y demás
familiares, compartir la mesa, conversar y recuperar durante unos días una
cercanía que los miles de kilómetros entre Estados Unidos y el Perú hacían más
difícil el resto del año.
Y es que
Javier podía haber construido prácticamente toda su vida adulta en Estados
Unidos, pero Trujillo seguía siendo su hogar. Hay algo entrañable en imaginar
ese recorrido repetido durante tantos años: el médico regresaba para
compartir lo aprendido; el hermano y el tío, para reencontrarse con los suyos.
Ambas cosas ocurrían en un mismo viaje. Así, aquel joven trujillano que salió
del Perú para continuar su formación regresó una y otra vez durante décadas,
cada vez con más experiencia y conocimiento, pero también con el mismo vínculo
familiar que lo llevaba de vuelta a sus raíces.
La
ciencia como forma de comprender el mundo
Hay una
conversación con Javier que hoy me gustaría poder volver a escuchar. En febrero
de 2021 tuve la oportunidad de entrevistarlo para Lima Cinema Group, un
proyecto que desarrollaba alrededor del cine, la ciencia y la cultura. Javier
participó como comentarista del capítulo 5 de Cosmos: Mundos Posibles,
aportando la mirada que le daban sus dos especialidades, la neurología y la
psiquiatría. Lamentablemente, no conservo la grabación y no quisiera
reconstruir ahora frases que no recuerdo literalmente, pero sí permanece muy
claro en mi memoria uno de los temas sobre los que conversamos: la historia y
la importancia del método científico.
Hablamos de
sus diferentes partes y, sobre todo, de su importancia para las distintas
ciencias. El método científico constituía una manera ordenada y rigurosa de
formular preguntas sobre la realidad y tratar de responderlas mediante
evidencia. Aquella conversación me quedó grabada porque mostraba una faceta de
mi tío que siempre disfruté especialmente. Con Javier uno podía comenzar
hablando de medicina o neurociencia y, casi sin darse cuenta, terminar
conversando sobre política, sociología, filosofía o sobre la manera en que los
seres humanos intentamos comprender el mundo.
Lo que
recuerdo de aquella conversación es precisamente esa valoración del
conocimiento construido con método: observar, formular preguntas, plantear
hipótesis, contrastarlas y estar dispuesto a modificar nuestras explicaciones
cuando la evidencia así lo exige. Pensándolo ahora, encuentro un hilo que une
al joven médico que estuvo en Vietnam con aquel hombre de 80 años con quien
conversé en 2021. El escenario era completamente distinto, la medicina había
cambiado enormemente y el mundo también, pero algo permanecía: observar,
razonar, contrastar y decidir a partir del mejor conocimiento disponible.
El médico
de la familia
Sin embargo,
cuando pienso en Javier, no pienso solamente en el médico reconocido, el
científico o el coronel. Pienso, inevitablemente, en el tío Javier.
Durante décadas fue una referencia médica para nuestra familia. Cuando alguien
enfermaba, aparecía un diagnóstico que no terminábamos de entender, surgía una
preocupación o simplemente necesitábamos escuchar otra opinión, estaba la
posibilidad de consultarle telefónicamente, a cualquier hora del día.
Y esa
historia atravesó, curiosamente, toda una revolución tecnológica. Hubo una
época en la que consultar al tío Javier desde el Perú significaba sentarse
junto al teléfono fijo y hacer una llamada internacional. Luego llegaron los
celulares, más tarde los mensajes y el intercambio casi instantáneo de
información y, finalmente, las videollamadas y la teleconsulta. Pasamos del
teléfono con cable a una pantalla desde la que podíamos verlo a miles de
kilómetros. La tecnología cambió, pero la disposición de Javier para ayudar
permaneció intacta.
Muchos
miembros de nuestra familia recibimos alguna vez una explicación, una
recomendación o una orientación suya. A veces era una consulta concreta; otras,
una conversación que comenzaba con una pregunta médica y terminaba mucho más
lejos. Quizá sea justamente allí, lejos de las condecoraciones, los uniformes y
los títulos universitarios, donde se entiende mejor su manera de vivir la
medicina: su conocimiento estaba para ser compartido. Por eso, cuando
hace cinco años tuve la oportunidad de entrevistarlo frente a una cámara,
aquella situación no resultaba completamente extraña. De una manera u otra,
llevábamos muchos años haciendo algo parecido: preguntándole y escuchándolo.
El médico
y la persona
Después de
una muerte aparece, casi inevitablemente, la necesidad de hacer un inventario
de la vida: qué estudió, dónde trabajó, qué cargos alcanzó, qué reconocimientos
recibió. En el caso de Javier, además, la lista podría ser larga: la
Universidad Nacional de Trujillo, Georgetown, Cornell, la neurología, la
psiquiatría, Vietnam, el Ejército de los Estados Unidos, el grado de coronel,
las distinciones profesionales, la creación de PAMS, las misiones médicas al
Perú y más de sesenta años de ejercicio. Todo eso importa, claro que importa.
Pero una vida no cabe en un currículum.
Son los
recuerdos pequeños, incluso aquellos que en su momento parecían cotidianos, los
que terminan completando el retrato: el joven estudiante de Medicina que
escuchaba a su hermanita contarle qué postre había preparado Esperanza; el
hermano que, según aquella historia familiar, la encontró en un bus y la llevó
de regreso a casa; el hombre que podía pasar trece horas trabajando y conservar
su simpatía; el padre de cuatro hijas capaz de bromear en pleno discurso de
matrimonio; el médico que volvía año tras año al Perú y aprovechaba para
reencontrarse con los suyos; el especialista al que llamaba la familia desde
Trujillo; y el tío con quien una consulta podía convertirse, casi sin darnos
cuenta, en una larga conversación sobre el cerebro, la ciencia, la filosofía o
la vida.
Mi prima
Patty utilizó una expresión muy sencilla al despedirlo: «orgullo de nuestra
familia». La verdad es que cuesta encontrar una mejor.
Cuatro
hermanos, una misma raíz
Su partida
llega, además, en un momento especialmente doloroso para nuestra familia.
Javier perteneció a una generación de cuatro hermanos cuya historia hemos ido
despidiendo poco a poco: Manuel Taboada Vives (1934–1984), Esperanza Taboada
Vives (1936–2026), Javier Taboada Vives (1940–2026) e Iván Taboada Vives
(1943–2021). Manuel partió demasiado pronto, en 1984, junto con sus padres
Manuel (1980) y Esperanza (1983). Muchos años después, en 2021, nos dejó Iván.
Hace apenas unos meses, en mayo de este año, despedimos a Esperanza y ahora,
casi sin haber terminado de procesar aquella pérdida, nos toca despedir a
Javier.
Quizá por
eso conmueve tanto imaginar nuevamente a los cuatro hermanos juntos. Manuel,
Esperanza, Javier e Iván: cuatro historias distintas, pero una misma raíz. La
vida los llevó por caminos diferentes y también los fue separando en tiempos
muy distintos, pero en la memoria familiar vuelven a encontrarse. A veces basta
una fotografía antigua, una anécdota que alguien vuelve a contar o simplemente
un apellido compartido para que la distancia de los años desaparezca por un
instante.
Gracias,
tío Javier
De las aulas
de la Universidad Nacional de Trujillo a los hospitales de Estados Unidos; de
la medicina de guerra en Vietnam a la neurología y la psiquiatría; del uniforme
del Ejército estadounidense y el grado de coronel a las misiones de PAMS que lo
hacían regresar al Perú y, de paso, reencontrarse año tras año con su familia
en Trujillo; del viejo teléfono fijo de las llamadas internacionales a las
últimas videollamadas. Han pasado más de sesenta años de medicina. Toda una
vida: 86 años al servicio de los demás.
Nos queda,
sin embargo, muchísimo de lo que Javier compartió durante sus 86 años: sus
conocimientos, el ejemplo de su disciplina, las vidas que pudo ayudar a cuidar,
el cariño de sus pacientes, su compromiso con el Perú, las enseñanzas que dejó
a otros médicos, su sentido del humor y, sobre todo, esa generosidad para poner
lo que sabía al servicio de los demás. También quedan esas historias mucho más
pequeñas que sobreviven dentro de una familia: una niña anunciándole el postre
del día a su hermano mayor, una llamada internacional para pedirle una opinión,
un regreso a Trujillo, una conversación sobre ciencia o una broma dicha justo
cuando nadie la esperaba. Tal vez sea allí donde una persona permanece de una
manera más íntima.
Por eso hoy,
en medio de la tristeza, hay una palabra que regresa una y otra vez: gracias.
Gracias, tío Javier, por tantas conversaciones científicas y filosóficas, por
las consultas y las orientaciones, y por contestar tantas veces cuando alguien
de la familia necesitaba de tu experiencia. Gracias por compartir lo que sabías
sin hacer de ese conocimiento una distancia, sino un puente hacia los demás.
Gracias por una vida dedicada a la medicina, por regresar año tras año al Perú,
por mantenerte cerca de los tuyos a pesar de la distancia, por las historias y,
cómo no, también por las risas. Descansa en paz, querido tío Javier.
Dr.
Javier Gustavo Taboada Vives
20 de febrero de 1940 – 13 de setiembre de 2026
Médico, neurólogo, psiquiatra, veterano de Vietnam y coronel retirado del
Ejército de los Estados Unidos.






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