jueves, marzo 26, 2026

Debates presidenciales 2026: de la búsqueda de estadistas al consuelo del castigo político

Debates presidenciales 2026: de la búsqueda de estadistas al consuelo del castigo político. Un análisis desde la psicología política.

En una democracia saludable, los debates presidenciales deberían servir para algo fundamental: identificar a quien está en condiciones de gobernar un país. En el Perú de hoy, cumplen otra función mucho más incómoda: recordarnos que, en muchos casos, no hay nadie a la altura de hacerlo.

Analizar estos debates ya no es solo un ejercicio de comparación entre candidatos. Es, sobre todo, una forma de diagnosticar el estado real de la política peruana. Porque cuando el nivel del debate es bajo de manera generalizada, el problema no es individual: es sistémico.

Durante la última década, el Perú ha atravesado uno de los periodos más críticos de su historia política reciente. La sucesión de presidentes, la crisis permanente de gobernabilidad, la confrontación entre Ejecutivo y Legislativo y los reiterados escándalos de corrupción —desde el Caso Lava Jato hasta el progresivo vaciamiento de la investidura presidencial— han erosionado de manera sostenida la confianza institucional.

Como advierte Martín Tanaka (2021, 2015), el sistema político peruano opera con una profunda fragmentación y debilidad organizativa, lo que dificulta la construcción de liderazgos consistentes. En esa misma línea, Carlos Iván Degregori (2013) ya había señalado la histórica distancia entre Estado y ciudadanía, mientras que Gonzalo Portocarrero (2004) advertía sobre una sociedad atravesada por la desconfianza como experiencia cotidiana y cinismo social.

El resultado es un fenómeno clave desde la Psicología política: el paso del desencanto al cinismo. Ya no se trata solo de desconfiar de ciertos políticos, sino de asumir que el sistema en su conjunto está capturado y que, en el fondo, “todos son iguales”. Desde la Psicología social, esto puede leerse como una forma de indefensión aprendida colectiva: la política deja de percibirse como un espacio de transformación y se convierte en un escenario donde solo cabe reaccionar, no construir.

Diversos estudios en América Latina muestran que la corrupción percibida y la inestabilidad política están asociadas con una disminución significativa en la satisfacción con la democracia, así como con una menor disposición a involucrarse en procesos deliberativos (Foa et al., 2020; OECD, 2023). En el caso peruano, este proceso ha sido especialmente intenso, configurando una cultura política donde la desconfianza, la precariedad institucional y la baja expectativa ciudadana se retroalimentan.

Es en este contexto donde deben leerse los debates presidenciales de marzo de 2026. No como una vitrina de liderazgo, sino como un espejo incómodo. Lo que allí se observa no es solo quién lo hizo mejor o peor, sino algo más preocupante: los límites reales de la política peruana para producir estadistas y sostener una deliberación pública de calidad.

Por ello, el análisis que sigue no se limita a describir quién destacó o quién falló. Más bien, propone una lectura integrada, basada en indicadores de evaluación y en marcos teóricos de la psicología política y social, que permita comprender por qué el nivel del debate fue el que fue —y qué dice ello sobre el Perú contemporáneo.

Criterios de análisis: una aproximación psico-política

Para el presente análisis se consideraron cinco indicadores, construidos a partir de literatura en psicología política y social:

  1. Solidez programática: claridad, viabilidad y especificidad de propuestas.
  2. Capacidad comunicativa: claridad del mensaje, manejo del tiempo y coherencia discursiva.
  3. Estrategia política: uso del ataque, defensa y posicionamiento frente a adversarios.
  4. Presencia y liderazgo: capacidad de representar simbólicamente a la ciudadanía.
  5. Autenticidad percibida: congruencia entre discurso, estilo y credibilidad emocional.

Estos indicadores permiten una lectura más sistemática del desempeño, evitando juicios meramente adjetivos.

Lunes 23: una excepción en un escenario fragmentado

A partir de los cinco indicadores considerados (solidez programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo y autenticidad percibida), la primera jornada mostró un patrón claro: alta dispersión, bajo rendimiento general y una única figura que logra integrar contenido y forma. Marisol Pérez-Tello sobresalió en los cinco indicadores: mostró solidez programática, manejo del tiempo, claridad argumentativa y una presencia consistente. Fue la única candidata que logró articular contenido y forma.

Marisol Pérez-Tello: desempeño integral y liderazgo técnico-político

Pérez-Tello fue la única candidata que destacó de manera consistente en los cinco indicadores.

  • Solidez programática: propuestas claras, estructuradas y viables
  • Capacidad comunicativa: manejo preciso del tiempo y claridad expositiva
  • Estrategia política: intervenciones focalizadas, sin dispersión
  • Presencia/liderazgo: control escénico y coherencia narrativa
  • Autenticidad percibida: congruencia entre discurso y estilo

Su desempeño representa un caso poco frecuente en el debate: alineación entre contenido, forma y credibilidad. Desde la psicología política, logra lo que otros no: proyectar competencia sin sacrificar conexión.

Yonhy Lescano: confrontación como eje, con déficit programático

Lescano destacó principalmente en estrategia política, orientando su participación hacia la confrontación, especialmente contra Rafael López Aliaga.

  • Fortaleza: ataque efectivo y visibilidad
  • Debilidad: baja solidez programática y limitada profundidad

En términos de psicología política, su desempeño refleja un uso claro del conflicto como mecanismo de posicionamiento, priorizando impacto sobre contenido.

Fernando Olivera: eficacia en ataque, debilidad estructural

Olivera mostró un patrón similar, aunque más marcado:

  • Alto desempeño en estrategia política (ataque)
  • Bajo desempeño en solidez programática

Su intervención confirma una lógica clásica del debate peruano: el ataque puede generar protagonismo, pero no necesariamente liderazgo.

Grozzo, López Chau, Williams y Álvarez: irrelevancia por déficit multivariable

Estos candidatos presentaron niveles bajos en casi todos los indicadores:

  • Solidez programática: propuestas genéricas o poco diferenciadas
  • Capacidad comunicativa: mensajes difusos o sin claridad
  • Presencia/liderazgo: incapacidad de posicionamiento
  • Autenticidad: baja recordación emocional

El caso de Álvarez añade un elemento particular: un discurso excesivamente punitivo y repetitivo, que reduce su efectividad comunicativa al saturar el mensaje.

En conjunto, estos perfiles configuran lo que puede denominarse una intrascendencia estructural: no destacan ni por contenido ni por forma.

Rafael López Aliaga y José Luna: evasión y debilidad comunicativa

Ambos candidatos evidenciaron problemas en indicadores clave:

  • Capacidad comunicativa: respuestas evasivas o desconectadas
  • Autenticidad percibida: discurso poco convincente
  • Estrategia política: repetición sin efectividad

La evasión, en particular, debilita la percepción de competencia, generando una desconexión inmediata con el público.

César Acuña: colapso multivariable

El desempeño de Acuña fue el más crítico de la jornada, con fallas en todos los indicadores:

  • Solidez programática: inexistente o incoherente
  • Capacidad comunicativa: desorden y falta de claridad
  • Estrategia política: ausencia de dirección
  • Presencia/liderazgo: nula proyección
  • Autenticidad percibida: deterioro progresivo de credibilidad

Más allá del juicio puntual, su caso refleja un fenómeno relevante: la reiteración de desempeños deficientes puede consolidar una imagen pública de incompetencia difícil de revertir.

Lectura integrada del día

El primer día evidenció una configuración clara:

  • Un desempeño integral (Pérez-Tello)
  • Algunos actores que destacan por conflicto, no por contenido
  • Una mayoría irrelevante
  • Un caso de colapso total (Acuña)

En términos de los cinco indicadores:

  • Alta desigualdad en desempeño
  • Predominio de déficits en solidez, comunicación y liderazgo
  • Uso del conflicto como sustituto del contenido

Esto refuerza una idea central del artículo: la calidad del debate no depende solo de individuos, sino de un ecosistema político que no incentiva la excelencia.

Martes 24: la mediocridad como estándar

A partir de los cinco indicadores considerados (solidez programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo y autenticidad percibida), la segunda jornada evidenció un patrón más crítico que el del primer día: colapso generalizado del desempeño, ausencia total de liderazgo y normalización de la mediocridad.

Ningún candidato logró sostener consistentemente los cinco indicadores, lo que convierte a esta jornada en la más débil en términos comparativos.

Fiorella Molinelli y Carlos Jaico: desempeño correcto por contraste

Ambos candidatos alcanzaron niveles aceptables, aunque sin destacar de manera sobresaliente.

  • Capacidad comunicativa: clara y ordenada
  • Solidez programática: suficiente, aunque no diferencial
  • Estrategia política: baja confrontación, enfoque técnico

Molinelli mostró dominio técnico con algunos momentos de tensión, mientras que Jaico mantuvo un tono sobrio y estable. Sin embargo, ambos presentaron limitaciones en presencia/liderazgo y autenticidad movilizadora.

Su “buen desempeño” debe leerse en clave contextual: no sobresalen por excelencia, sino por contraste con un entorno de bajo nivel.

Roberto Sánchez: suficiencia mínima en contexto de baja exigencia

Sánchez mantuvo un perfil bajo pero estable:

  • Sin errores graves en comunicación
  • Nivel básico en solidez programática
  • Nula incidencia en estrategia política

Su desempeño ilustra un fenómeno relevante desde la psicología social: en contextos de baja calidad general, la mediocridad estable puede percibirse como aceptable.

No lidera, pero tampoco cae, y eso basta.

George Forsyth, Diez Canseco y Massé: propuestas débiles y orientación punitiva

Estos candidatos presentaron déficits en indicadores clave:

  • Solidez programática: propuestas poco desarrolladas
  • Presencia/liderazgo: baja capacidad de posicionamiento
  • Estrategia política: limitada diferenciación

Un elemento adicional fue la tendencia hacia propuestas punitivas o militarizadas, lo que sugiere un uso de atajos discursivos orientados a activar respuestas emocionales (seguridad, control) más que a construir soluciones complejas.

Desde la psicología política, esto se vincula con el uso de heurísticas de amenaza, donde el discurso simplifica problemas estructurales en clave de orden y castigo.

Carlos Espá y Ricardo Belmont: debilidad estructural y personalismo

Ambos candidatos mostraron déficits en casi todos los indicadores:

  • Capacidad comunicativa: inconsistente o dispersa
  • Solidez programática: insuficiente
  • Estrategia política: errática

En el caso de Belmont, se añade un componente de personalismo discursivo, donde el foco se desplaza del programa hacia la auto-referencialidad.

El resultado es un bajo impacto político, donde los errores pesan más que los aciertos.

Álvaro Paz de la Barra, Chirinos y Carrasco: intrascendencia con distorsión programática

Estos candidatos representaron el nivel más bajo del día:

  • Solidez programática: propuestas inviables o jurídicamente inconsistentes
  • Capacidad comunicativa: baja claridad
  • Presencia/liderazgo: inexistente
  • Autenticidad: débil o poco creíble

Más allá de la intrascendencia, lo más problemático fue la formulación de propuestas estrafalarias o incompatibles con el marco constitucional, lo que introduce un elemento adicional: no solo hay déficit de calidad, sino también de viabilidad normativa.

Lectura integrada del día

El segundo día configura el escenario más crítico de los tres:

  • Ausencia total de desempeños integrales
  • Predominio de niveles bajos o mínimos en todos los indicadores
  • Aparición de propuestas simplificadas, punitivas o inviables
  • Liderazgo inexistente

En términos de los cinco indicadores:

  • Solidez programática: débil en la mayoría
  • Capacidad comunicativa: aceptable solo en casos aislados
  • Estrategia política: poco efectiva o inexistente
  • Presencia/liderazgo: ausente
  • Autenticidad: baja o irrelevante

Desde la psicología social, este día es clave porque evidencia un fenómeno peligroso: la normalización de la baja calidad como estándar aceptable.

Esto refuerza la hipótesis central del artículo:
no solo hay mediocridad, sino una adaptación del sistema —y de la percepción ciudadana— a esa mediocridad.

Miércoles 25: orden relativo sin liderazgo

La tercera jornada mostró una leve mejora. A partir de los cinco indicadores considerados (solidez programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo y autenticidad percibida), la tercera jornada muestra un patrón claro: mayor orden discursivo, pero persistente déficit en liderazgo y conexión emocional.

Enrique Valderrama: equilibrio técnico con limitación estratégica

Valderrama fue el candidato más consistente del día. Destacó en solidez programática y coherencia discursiva, manteniéndose alineado con su plan de gobierno y respetando el formato del debate.
En estrategia política, logró un cierre efectivo al dirigir ataques hacia Martín Vizcarra, César Acuña y Jorge Nieto, lo que le permitió posicionarse.

Sin embargo, su principal limitación estuvo en presencia y liderazgo: si bien fue sólido, no logró proyectar una identidad política suficientemente movilizadora. En términos de psicología social, no construyó un “nosotros” claro.

Mesías Guevara: buen uso del conflicto como herramienta

Guevara combinó adecuadamente propuesta y confrontación, destacando en estrategia política. Su ataque a Keiko Fujimori fue uno de los momentos más efectivos del debate.

En capacidad comunicativa, mostró claridad y orden, aunque sin alcanzar niveles sobresalientes.
Su debilidad relativa estuvo en autenticidad percibida y liderazgo simbólico: logró interpelar, pero no necesariamente representar.

Jorge Nieto: fortaleza conceptual, debilidad política

Nieto destacó en solidez programática y contenido conceptual, siendo probablemente el más sólido en términos técnicos.

No obstante, presentó déficits en capacidad comunicativa, presencia y autenticidad emocional. Su estilo excesivamente técnico dificultó la conexión con el público, lo que limita su eficacia política.

Desde la psicología política, este caso refleja una tensión clásica: alto contenido cognitivo, baja activación emocional.

Rosario Fernández: solvencia técnica sin conexión

Fernández mostró chispazos de ataques llamativos, solidez programática y orden discursivo, pero su principal debilidad estuvo en la autenticidad percibida.

La percepción de rigidez —reforzada incluso por reacciones en redes sociales— afectó su capacidad comunicativa y su presencia política. Este caso evidencia cómo, en contextos de desconfianza, la forma puede pesar tanto como el contenido.

Keiko Fujimori: desgaste narrativo, evasión estratégica y disonancia con la experiencia acumulada

El desempeño de Fujimori resulta particularmente relevante por una razón central: no se trata de una candidata novata, sino de una figura con amplia experiencia en debates presidenciales. Precisamente por ello, sus debilidades no pueden explicarse por falta de entrenamiento, sino por problemas más estructurales en su posicionamiento político y comunicativo.

En términos de los cinco indicadores:

  • Solidez programática: desplazada por el uso reiterado de narrativas anecdóticas, centradas en historias de “ciudadanos” que, si bien buscan generar empatía, terminan diluyendo la concreción de propuestas.
  • Capacidad comunicativa: afectada por la evasión sistemática de preguntas directas, lo que debilita la claridad del mensaje y genera una percepción de falta de transparencia.
  • Estrategia política: reactiva más que proactiva; responde a ataques, pero no logra marcar agenda ni reposicionarse.
  • Presencia/liderazgo: erosionada por una actitud percibida como prepotente o confrontacional, que dificulta la construcción de cercanía.
  • Autenticidad percibida: debilitada por la sensación de discurso forzado o poco creíble.

Un elemento particularmente crítico es la disonancia entre experiencia y desempeño. En teoría, una novena participación en debates debería traducirse en mayor control escénico, precisión argumentativa y capacidad de adaptación al formato. Sin embargo, ocurre lo contrario: se evidencia un patrón de rigidez discursiva, donde el mensaje parece preconfigurado y poco sensible a las dinámicas del debate.

Desde la psicología política, esto puede interpretarse como un caso de desgaste narrativo: cuando un repertorio discursivo se repite sin renovación, pierde eficacia simbólica, incluso si mantiene coherencia interna. A ello se suma un problema de credibilidad acumulada, donde la percepción previa del candidato condiciona la recepción del mensaje actual.

Asimismo, el uso de relatos anecdóticos puede entenderse como un intento de activar conexión emocional; sin embargo, en contextos de alta desconfianza —como el peruano— estas estrategias pueden ser interpretadas como artificios, reduciendo su impacto.

En conjunto, su desempeño refleja un fenómeno clave: la experiencia política no garantiza efectividad comunicativa ni liderazgo percibido.

Más aún, cuando no se acompaña de renovación narrativa y adaptación al contexto, puede convertirse en un factor de desgaste.

Otros candidatos: irrelevancia multivariada

El resto de participantes se mantuvo en niveles bajos en todos los indicadores:

  • Baja diferenciación programática
  • Escasa claridad comunicativa
  • Nula capacidad de posicionamiento

En términos analíticos, esto configura un escenario de intrascendencia sistémica.

Lectura integrada del día

El tercer día mostró una mejora en orden y contenido, pero no resolvió el problema central: la ausencia de liderazgo auténtico y movilizador.

En términos de los cinco indicadores:

  • Mejora en solidez programática y coherencia
  • Estancamiento en presencia, autenticidad y liderazgo

Esto refuerza la hipótesis central del artículo: el sistema puede producir candidatos técnicamente correctos, pero no estadistas.

Epílogo: Corrupción, desafección y cultura política peruana

El contexto peruano —marcado por eventos como el Caso Lava Jato y los Vladivideos— ha erosionado profundamente la confianza institucional. Estos eventos han erosionado profundamente la confianza institucional, generando lo que la literatura denomina desafección política (Norris, 2011).

Investigaciones recientes muestran que la corrupción percibida reduce la confianza, incrementa el cinismo y debilita la participación política informada (Muñoz et al., 2020; OECD, 2023).

Desde la psicología social, esta situación produce tres efectos clave:

1.       Normalización de la corrupción: La corrupción deja de ser una anomalía y pasa a ser percibida como parte del sistema (Carrión, 2006).

2.       Cinismo político: Los ciudadanos reducen sus expectativas y adoptan una lógica pragmática: “todos son iguales”.

3.       Tolerancia a la mediocridad: Cuando la expectativa es baja, el estándar también lo es. Esto explica por qué debates de bajo nivel no generan indignación sostenida.

 En este contexto, los bajos estándares observados en los debates no generan ruptura, sino coherencia con la expectativa social instalada.

Claves desde la psicología política contemporánea

Los patrones observados en los debates se alinean con varios marcos teóricos:

  • Negativity bias: predominio del ataque sobre la propuesta (Soroka et al., 2019)
  • Heurísticas cognitivas: simplificación del discurso político (Kahneman, 2011)
  • Polarización afectiva: emociones sobre ideas (Iyengar et al., 2019)
  • Crisis de representación: debilitamiento del vínculo político (Foa et al., 2020)
  • Ausente liderazgo social: que genera ausencia de construcción de identidad colectiva (Haslam et al., 2011)

En conjunto, estos elementos configuran un ecosistema donde el debate político pierde profundidad y se convierte en un espacio de activación emocional más que de deliberación.

Conclusión

El problema no es que los debates hayan sido malos. El problema es que reflejan con precisión el estado del sistema político peruano: cumplen perfectamente con los indicadores de un sistema deteriorado.

En este contexto, la ausencia de liderazgo no es una excepción, sino la consecuencia lógica de un sistema atravesado por la corrupción, debilitado institucionalmente y sostenido por una cultura política que ha aprendido a tolerar —y a veces incluso a esperar— la mediocridad. La mediocridad no es accidental: es estructural, predecible y, sobre todo, psicológicamente comprensible.

Pero hay un elemento adicional que resulta particularmente inquietante. En teoría, un debate presidencial debería permitir identificar a un candidato con cualidades de estadista: visión de largo plazo, capacidad de articulación programática, liderazgo y representación colectiva. Sin embargo, lo observado evidencia una paradoja: el formato del debate, las limitaciones de la oferta política y las dinámicas psicológicas que estructuran la comunicación contemporánea no conducen a la deliberación sustantiva, sino a la gratificación inmediata de la confrontación.

En ese escenario, el estándar de evaluación se desplaza. Ya no se busca al más preparado para gobernar, sino al más eficaz en interpelar —aunque sea superficialmente— a los responsables de la crisis. Así, la política deja de ser un espacio de construcción de futuro y se reduce a un ejercicio de sanción simbólica del pasado.

Cuando una democracia deja de preguntarse quién puede conducirla y se limita a identificar a quién castigar, el problema deja de ser electoral. Se convierte en un problema estructural de país.

 

Referencias:

Carrión, J. F. (2006). The political culture of democracy in Peru. Vanderbilt University (LAPOP).

Degregori, C. I. (2013). Qué difícil es ser Dios: ideología y violencia política en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos.

Foa, R. S., Klassen, A., Slade, M., Rand, A., & Williams, R. (2020). The global satisfaction with democracy report 2020. Cambridge University.
https://www.cam.ac.uk/system/files/democracy-report-2020.pdf

Iyengar, S., Lelkes, Y., Levendusky, M., Malhotra, N., & Westwood, S. (2019). The origins and consequences of affective polarization. Annual Review of Political Science, 22, 129–146.
https://doi.org/10.1146/annurev-polisci-051117-073034

Haslam, S. A., Reicher, S. D., & Platow, M. J. (2011). The new psychology of leadership: Identity, influence and power. Psychology Press.

Muñoz, P., Anduiza, E., & Gallego, A. (2020). Corruption and political participation. Latin American Politics and Society, 62(1), 1–23.
https://doi.org/10.1017/lap.2019.42

Norris, P. (2011). Democratic deficit: Critical citizens revisited. Cambridge University Press.

OECD. (2023). Government at a glance: Latin America and the Caribbean 2023.
https://doi.org/10.1787/ce0c7fbb-en

Portocarrero, G. (2004). Rostros criollos del mal: cultura y transgresión en la sociedad peruana. Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.

Soroka, S., Fournier, P., & Nir, L. (2019). Negativity bias in news. PNAS, 116(38), 18888–18892.
https://doi.org/10.1073/pnas.1908369116

Tanaka, M. (2021). La política en el Perú: crisis y recomposición. Instituto de Estudios Peruanos.

Tanaka, M. (2015). Los partidos políticos en el Perú: debilidad institucional y fragmentación. Instituto de Estudios Peruanos.

 

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