Debates
presidenciales 2026: de la búsqueda de estadistas al consuelo del castigo
político. Un análisis desde la psicología política.
En una democracia saludable, los debates presidenciales deberían servir para algo fundamental: identificar a quien está en condiciones de gobernar un país. En el Perú de hoy, cumplen otra función mucho más incómoda: recordarnos que, en muchos casos, no hay nadie a la altura de hacerlo.
Analizar
estos debates ya no es solo un ejercicio de comparación entre candidatos. Es,
sobre todo, una forma de diagnosticar el estado real de la política peruana.
Porque cuando el nivel del debate es
bajo de manera generalizada, el problema no es individual: es sistémico.
Durante
la última década, el Perú ha atravesado uno de los periodos más críticos de su
historia política reciente. La sucesión de presidentes, la crisis permanente de
gobernabilidad, la confrontación entre Ejecutivo y Legislativo y los reiterados
escándalos de corrupción —desde el Caso Lava Jato
hasta el progresivo vaciamiento de la investidura presidencial— han erosionado
de manera sostenida la confianza institucional.
Como
advierte Martín Tanaka (2021, 2015), el
sistema político peruano opera con una profunda fragmentación y debilidad
organizativa, lo que dificulta la construcción de liderazgos consistentes. En
esa misma línea, Carlos Iván Degregori (2013)
ya había señalado la histórica distancia entre Estado y ciudadanía, mientras
que Gonzalo Portocarrero (2004) advertía
sobre una sociedad atravesada por la desconfianza como experiencia cotidiana y
cinismo social.
El
resultado es un fenómeno clave desde la Psicología
política: el paso del desencanto
al cinismo. Ya no se trata solo de desconfiar de ciertos políticos, sino de
asumir que el sistema en su conjunto está capturado y que, en el fondo, “todos
son iguales”. Desde la Psicología social,
esto puede leerse como una forma de indefensión
aprendida colectiva: la política deja de percibirse como un espacio de
transformación y se convierte en un escenario donde solo cabe reaccionar, no
construir.
Diversos estudios en América Latina muestran que la
corrupción percibida y la inestabilidad política están asociadas con una
disminución significativa en la satisfacción con la democracia, así como con
una menor disposición a involucrarse en procesos deliberativos (Foa et al.,
2020; OECD, 2023). En el caso peruano, este proceso ha sido especialmente
intenso, configurando una cultura política donde la desconfianza, la
precariedad institucional y la baja expectativa ciudadana se retroalimentan.
Es en este contexto donde deben leerse los debates presidenciales
de marzo de 2026. No como una vitrina de liderazgo, sino como un espejo
incómodo. Lo que allí se observa no es solo quién lo hizo mejor o peor, sino
algo más preocupante: los límites
reales de la política peruana para producir estadistas y sostener una
deliberación pública de calidad.
Por ello, el análisis que sigue no se limita a describir quién
destacó o quién falló. Más bien, propone una lectura integrada, basada en
indicadores de evaluación y en marcos teóricos de la psicología política y
social, que permita comprender por qué el nivel del debate fue el que fue —y
qué dice ello sobre el Perú contemporáneo.
Criterios de
análisis: una aproximación psico-política
Para el presente análisis se consideraron cinco
indicadores, construidos a partir de literatura en psicología política y
social:
- Solidez programática: claridad, viabilidad y especificidad de
propuestas.
- Capacidad comunicativa: claridad del mensaje, manejo del tiempo y
coherencia discursiva.
- Estrategia política: uso del ataque, defensa y posicionamiento
frente a adversarios.
- Presencia y liderazgo: capacidad de representar simbólicamente a la
ciudadanía.
- Autenticidad percibida: congruencia entre discurso, estilo y
credibilidad emocional.
Estos indicadores permiten una lectura más
sistemática del desempeño, evitando juicios meramente adjetivos.
Lunes 23: una
excepción en un escenario fragmentado
A partir de los cinco indicadores considerados
(solidez programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo
y autenticidad percibida), la primera jornada mostró un patrón claro: alta dispersión, bajo rendimiento general y una única figura que
logra integrar contenido y forma. Marisol Pérez-Tello sobresalió en los
cinco indicadores: mostró solidez programática, manejo del tiempo, claridad
argumentativa y una presencia consistente. Fue la única candidata que logró
articular contenido y forma.
Marisol
Pérez-Tello: desempeño integral y liderazgo técnico-político
Pérez-Tello
fue la única candidata que destacó de manera consistente en los cinco
indicadores.
- Solidez programática:
propuestas claras, estructuradas y viables
- Capacidad comunicativa:
manejo preciso del tiempo y claridad expositiva
- Estrategia política:
intervenciones focalizadas, sin dispersión
- Presencia/liderazgo:
control escénico y coherencia narrativa
- Autenticidad percibida:
congruencia entre discurso y estilo
Su
desempeño representa un caso poco frecuente en el debate: alineación entre contenido, forma y credibilidad.
Desde la psicología política, logra lo que otros no: proyectar competencia sin
sacrificar conexión.
Yonhy
Lescano: confrontación como eje, con déficit programático
Lescano
destacó principalmente en estrategia
política, orientando su participación hacia la confrontación,
especialmente contra Rafael López Aliaga.
- Fortaleza:
ataque efectivo y visibilidad
- Debilidad:
baja solidez programática y limitada
profundidad
En
términos de psicología política, su desempeño refleja un uso claro del conflicto como mecanismo de posicionamiento,
priorizando impacto sobre contenido.
Fernando
Olivera: eficacia en ataque, debilidad estructural
Olivera
mostró un patrón similar, aunque más marcado:
- Alto
desempeño en estrategia política (ataque)
- Bajo
desempeño en solidez programática
Su
intervención confirma una lógica clásica del debate peruano: el ataque puede
generar protagonismo, pero no necesariamente liderazgo.
Grozzo, López Chau, Williams y Álvarez:
irrelevancia por déficit multivariable
Estos
candidatos presentaron niveles bajos en casi todos los indicadores:
- Solidez programática:
propuestas genéricas o poco diferenciadas
- Capacidad comunicativa:
mensajes difusos o sin claridad
- Presencia/liderazgo:
incapacidad de posicionamiento
- Autenticidad:
baja recordación emocional
El
caso de Álvarez añade un elemento particular: un discurso excesivamente punitivo y repetitivo, que reduce su
efectividad comunicativa al saturar el mensaje.
En
conjunto, estos perfiles configuran lo que puede denominarse una intrascendencia estructural: no destacan ni por
contenido ni por forma.
Rafael
López Aliaga y José
Luna: evasión y debilidad comunicativa
Ambos
candidatos evidenciaron problemas en indicadores clave:
- Capacidad comunicativa:
respuestas evasivas o desconectadas
- Autenticidad percibida:
discurso poco convincente
- Estrategia política:
repetición sin efectividad
La
evasión, en particular, debilita la percepción de competencia, generando una
desconexión inmediata con el público.
César
Acuña: colapso multivariable
El
desempeño de Acuña fue el más crítico de la jornada, con fallas en todos los
indicadores:
- Solidez
programática: inexistente o incoherente
- Capacidad
comunicativa: desorden y falta de claridad
- Estrategia
política: ausencia de dirección
- Presencia/liderazgo:
nula proyección
- Autenticidad
percibida: deterioro progresivo de credibilidad
Más
allá del juicio puntual, su caso refleja un fenómeno relevante: la reiteración
de desempeños deficientes puede consolidar una imagen
pública de incompetencia difícil de revertir.
Lectura integrada del día
El
primer día evidenció una configuración clara:
- Un desempeño integral (Pérez-Tello)
- Algunos actores que destacan por
conflicto, no por contenido
- Una mayoría irrelevante
- Un caso de colapso total (Acuña)
En
términos de los cinco indicadores:
- Alta
desigualdad en desempeño
- Predominio
de déficits en solidez,
comunicación y liderazgo
- Uso
del conflicto como sustituto del contenido
Esto
refuerza una idea central del artículo: la calidad
del debate no depende solo de individuos, sino de un ecosistema político que no
incentiva la excelencia.
Martes 24: la mediocridad
como estándar
A partir de los cinco indicadores considerados (solidez
programática, capacidad comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo
y autenticidad percibida), la segunda jornada evidenció un patrón más crítico
que el del primer día: colapso
generalizado del desempeño, ausencia total de liderazgo y normalización de la
mediocridad.
Ningún
candidato logró sostener consistentemente los cinco indicadores, lo que
convierte a esta jornada en la más débil en términos comparativos.
Fiorella
Molinelli y Carlos
Jaico:
desempeño correcto por contraste
Ambos
candidatos alcanzaron niveles aceptables, aunque sin destacar de manera
sobresaliente.
- Capacidad comunicativa:
clara y ordenada
- Solidez programática:
suficiente, aunque no diferencial
- Estrategia
política: baja confrontación, enfoque técnico
Molinelli
mostró dominio técnico con algunos momentos de tensión, mientras que Jaico
mantuvo un tono sobrio y estable. Sin embargo, ambos presentaron limitaciones
en presencia/liderazgo y autenticidad
movilizadora.
Su
“buen desempeño” debe leerse en clave contextual: no sobresalen por excelencia,
sino por contraste con un entorno de bajo nivel.
Roberto
Sánchez: suficiencia mínima en contexto de baja exigencia
Sánchez
mantuvo un perfil bajo pero estable:
- Sin
errores graves en comunicación
- Nivel
básico en solidez programática
- Nula
incidencia en estrategia
política
Su
desempeño ilustra un fenómeno relevante desde la psicología social: en
contextos de baja calidad general, la mediocridad
estable puede percibirse como aceptable.
No
lidera, pero tampoco cae, y eso basta.
George
Forsyth, Diez Canseco y Massé: propuestas débiles y
orientación punitiva
Estos
candidatos presentaron déficits en indicadores clave:
- Solidez programática:
propuestas poco desarrolladas
- Presencia/liderazgo:
baja capacidad de posicionamiento
- Estrategia política:
limitada diferenciación
Un
elemento adicional fue la tendencia hacia propuestas punitivas
o militarizadas, lo que sugiere un uso de atajos discursivos
orientados a activar respuestas emocionales (seguridad, control) más que a
construir soluciones complejas.
Desde
la psicología política, esto se vincula con el uso de heurísticas
de amenaza, donde el discurso simplifica problemas estructurales
en clave de orden y castigo.
Carlos
Espá
y Ricardo Belmont: debilidad
estructural y personalismo
Ambos
candidatos mostraron déficits en casi todos los indicadores:
- Capacidad comunicativa:
inconsistente o dispersa
- Solidez programática:
insuficiente
- Estrategia política:
errática
En
el caso de Belmont, se añade un componente de personalismo
discursivo, donde el foco se desplaza del programa hacia la
auto-referencialidad.
El
resultado es un bajo impacto político, donde los errores pesan más que los
aciertos.
Álvaro
Paz de la Barra, Chirinos y Carrasco: intrascendencia con
distorsión programática
Estos
candidatos representaron el nivel más bajo del día:
- Solidez
programática: propuestas inviables o jurídicamente
inconsistentes
- Capacidad
comunicativa: baja claridad
- Presencia/liderazgo:
inexistente
- Autenticidad:
débil o poco creíble
Más
allá de la intrascendencia, lo más problemático fue la formulación de
propuestas estrafalarias o incompatibles con el marco constitucional,
lo que introduce un elemento adicional: no solo hay déficit de calidad, sino
también de viabilidad normativa.
Lectura integrada del día
El
segundo día configura el escenario más crítico de los tres:
- Ausencia
total de desempeños integrales
- Predominio
de niveles bajos o mínimos en todos los indicadores
- Aparición
de propuestas simplificadas, punitivas o inviables
- Liderazgo
inexistente
En
términos de los cinco indicadores:
- Solidez
programática: débil en la mayoría
- Capacidad
comunicativa: aceptable solo en casos aislados
- Estrategia
política: poco efectiva o inexistente
- Presencia/liderazgo:
ausente
- Autenticidad:
baja o irrelevante
Desde
la psicología social, este día es clave porque evidencia un fenómeno peligroso:
la normalización de la baja calidad como estándar aceptable.
Esto
refuerza la hipótesis central del artículo:
no solo hay mediocridad, sino una adaptación
del sistema —y de la percepción ciudadana— a esa mediocridad.
Miércoles 25: orden
relativo sin liderazgo
La tercera jornada mostró una leve mejora. A partir
de los cinco indicadores considerados (solidez programática, capacidad
comunicativa, estrategia política, presencia/liderazgo y autenticidad
percibida), la tercera jornada muestra un patrón claro: mayor
orden discursivo, pero persistente déficit en liderazgo y conexión emocional.
Enrique
Valderrama: equilibrio técnico con limitación estratégica
Valderrama
fue el candidato más consistente del día.
Destacó en solidez programática y coherencia
discursiva, manteniéndose alineado con su plan de gobierno y
respetando el formato del debate.
En estrategia política, logró un cierre efectivo al
dirigir ataques hacia Martín Vizcarra,
César Acuña y Jorge Nieto, lo que le permitió
posicionarse.
Sin
embargo, su principal limitación estuvo en presencia
y liderazgo: si bien fue sólido, no logró proyectar una
identidad política suficientemente movilizadora. En términos de psicología
social, no construyó un “nosotros” claro.
Mesías
Guevara: buen uso del conflicto como herramienta
Guevara
combinó adecuadamente propuesta y
confrontación, destacando en estrategia
política. Su ataque a Keiko
Fujimori fue uno de los momentos más efectivos del debate.
En
capacidad comunicativa, mostró claridad y orden,
aunque sin alcanzar niveles sobresalientes.
Su debilidad relativa estuvo en autenticidad
percibida y liderazgo
simbólico: logró interpelar, pero no necesariamente
representar.
Jorge
Nieto: fortaleza conceptual, debilidad política
Nieto
destacó en solidez programática y contenido
conceptual, siendo probablemente el más sólido en términos
técnicos.
No
obstante, presentó déficits en capacidad
comunicativa, presencia
y autenticidad emocional. Su estilo excesivamente
técnico dificultó la conexión con el público, lo que limita su eficacia política.
Desde
la psicología política, este caso refleja una tensión clásica: alto
contenido cognitivo, baja activación emocional.
Rosario
Fernández: solvencia técnica sin conexión
Fernández
mostró chispazos de ataques llamativos, solidez programática
y orden discursivo, pero su principal debilidad estuvo en la autenticidad percibida.
La
percepción de rigidez —reforzada incluso por reacciones en redes sociales—
afectó su capacidad comunicativa y su presencia política. Este caso evidencia cómo, en
contextos de desconfianza, la forma puede pesar tanto como el contenido.
Keiko
Fujimori: desgaste narrativo, evasión estratégica y
disonancia con la experiencia acumulada
El
desempeño de Fujimori resulta particularmente relevante por una razón central: no se trata de una candidata novata, sino de una figura con amplia
experiencia en debates presidenciales. Precisamente por ello,
sus debilidades no pueden explicarse por falta de entrenamiento, sino por problemas más estructurales en su posicionamiento político y
comunicativo.
En
términos de los cinco indicadores:
- Solidez programática:
desplazada por el uso reiterado de narrativas anecdóticas, centradas en
historias de “ciudadanos” que, si bien buscan generar empatía, terminan
diluyendo la concreción de propuestas.
- Capacidad comunicativa:
afectada por la evasión
sistemática de preguntas directas, lo que debilita la
claridad del mensaje y genera una percepción de falta de transparencia.
- Estrategia política:
reactiva más que proactiva; responde a ataques, pero no logra marcar
agenda ni reposicionarse.
- Presencia/liderazgo:
erosionada por una actitud percibida como prepotente
o confrontacional, que dificulta la construcción de
cercanía.
- Autenticidad percibida:
debilitada por la sensación de discurso forzado o poco creíble.
Un
elemento particularmente crítico es la disonancia
entre experiencia y desempeño. En teoría, una novena
participación en debates debería traducirse en mayor control escénico,
precisión argumentativa y capacidad de adaptación al formato. Sin embargo,
ocurre lo contrario: se evidencia un patrón de rigidez
discursiva, donde el mensaje parece preconfigurado y poco
sensible a las dinámicas del debate.
Desde
la psicología política, esto puede interpretarse como un caso de desgaste narrativo: cuando un repertorio
discursivo se repite sin renovación, pierde eficacia simbólica, incluso si
mantiene coherencia interna. A ello se suma un problema de credibilidad acumulada, donde la percepción previa
del candidato condiciona la recepción del mensaje actual.
Asimismo,
el uso de relatos anecdóticos puede entenderse como un intento de activar
conexión emocional; sin embargo, en contextos de alta desconfianza —como el
peruano— estas estrategias pueden ser interpretadas como artificios, reduciendo
su impacto.
En
conjunto, su desempeño refleja un fenómeno clave: la
experiencia política no garantiza efectividad comunicativa ni liderazgo
percibido.
Más
aún, cuando no se acompaña de renovación narrativa y adaptación al contexto,
puede convertirse en un factor de desgaste.
Otros candidatos: irrelevancia multivariada
El
resto de participantes se mantuvo en niveles bajos en todos los indicadores:
- Baja
diferenciación programática
- Escasa
claridad comunicativa
- Nula
capacidad de posicionamiento
En
términos analíticos, esto configura un escenario de intrascendencia
sistémica.
Lectura integrada del día
El
tercer día mostró una mejora en orden y
contenido, pero no resolvió el problema central: la ausencia de liderazgo auténtico y movilizador.
En
términos de los cinco indicadores:
- Mejora
en solidez programática y coherencia
- Estancamiento
en presencia, autenticidad y liderazgo
Esto
refuerza la hipótesis central del artículo: el sistema puede producir
candidatos técnicamente correctos, pero no estadistas.
Epílogo: Corrupción,
desafección y cultura política peruana
El contexto peruano —marcado por eventos como el Caso
Lava Jato y los Vladivideos— ha erosionado profundamente la confianza institucional.
Estos
eventos han erosionado profundamente la confianza institucional, generando lo
que la literatura denomina desafección
política (Norris, 2011).
Investigaciones recientes muestran que la
corrupción percibida reduce la confianza, incrementa el cinismo y debilita la
participación política informada (Muñoz et al., 2020; OECD, 2023).
Desde la psicología social, esta situación produce tres efectos
clave:
1.
Normalización de
la corrupción: La corrupción deja de ser una anomalía y pasa a ser percibida
como parte del sistema (Carrión, 2006).
2.
Cinismo político:
Los ciudadanos reducen sus expectativas y adoptan una lógica pragmática: “todos
son iguales”.
3.
Tolerancia a la
mediocridad: Cuando la expectativa es baja, el estándar también lo es. Esto
explica por qué debates de bajo nivel no generan indignación sostenida.
En este
contexto, los bajos estándares observados en los debates no generan ruptura,
sino coherencia con la expectativa social instalada.
Claves desde la psicología
política contemporánea
Los patrones observados en los debates se alinean
con varios marcos teóricos:
- Negativity bias: predominio del ataque sobre la propuesta (Soroka
et al., 2019)
- Heurísticas cognitivas: simplificación del discurso político (Kahneman,
2011)
- Polarización afectiva: emociones sobre ideas (Iyengar et al., 2019)
- Crisis de representación: debilitamiento del vínculo político (Foa et
al., 2020)
- Ausente liderazgo social: que
genera ausencia de construcción de identidad colectiva (Haslam et al.,
2011)
En conjunto, estos elementos configuran un
ecosistema donde el debate político pierde profundidad y se convierte en un
espacio de activación emocional más que de deliberación.
Conclusión
El problema no es que los debates hayan sido malos. El problema es
que reflejan con precisión el estado del sistema político peruano: cumplen perfectamente con los indicadores
de un sistema deteriorado.
En
este contexto, la ausencia de liderazgo no es una excepción, sino la consecuencia lógica de un sistema
atravesado por la corrupción, debilitado institucionalmente y sostenido por
una cultura política que ha aprendido a tolerar —y a veces incluso a esperar—
la mediocridad. La mediocridad no es accidental: es estructural, predecible y,
sobre todo, psicológicamente comprensible.
Pero
hay un elemento adicional que resulta particularmente inquietante. En teoría,
un debate presidencial debería permitir identificar a un candidato con
cualidades de estadista: visión de largo plazo, capacidad de articulación
programática, liderazgo y representación colectiva. Sin embargo, lo observado
evidencia una paradoja: el formato del debate, las limitaciones de la oferta
política y las dinámicas psicológicas que estructuran la comunicación
contemporánea no conducen a la
deliberación sustantiva, sino a la gratificación inmediata de la confrontación.
En
ese escenario, el estándar de evaluación se desplaza. Ya no se busca al más
preparado para gobernar, sino al más eficaz en interpelar —aunque sea
superficialmente— a los responsables de la crisis. Así, la política deja de ser un espacio de construcción de futuro y se
reduce a un ejercicio de sanción simbólica del pasado.
Cuando una democracia deja de preguntarse quién puede conducirla y
se limita a identificar a quién castigar, el problema deja de ser electoral. Se
convierte en un problema estructural de país.
Referencias:
Carrión, J. F. (2006). The
political culture of democracy in Peru. Vanderbilt University (LAPOP).
Degregori, C. I. (2013). Qué difícil
es ser Dios: ideología y violencia política en el Perú. Instituto
de Estudios Peruanos.
Foa, R. S., Klassen,
A., Slade, M., Rand, A., & Williams, R. (2020). The global satisfaction
with democracy report 2020. Cambridge University.
https://www.cam.ac.uk/system/files/democracy-report-2020.pdf
Iyengar, S., Lelkes, Y., Levendusky, M., Malhotra,
N., & Westwood, S. (2019). The origins and consequences of affective
polarization. Annual Review of Political Science, 22, 129–146.
https://doi.org/10.1146/annurev-polisci-051117-073034
Haslam, S. A., Reicher, S. D., & Platow,
M. J. (2011). The new psychology of leadership: Identity, influence and power.
Psychology Press.
Muñoz, P., Anduiza, E., & Gallego, A. (2020).
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https://doi.org/10.1017/lap.2019.42
Norris, P. (2011). Democratic
deficit: Critical citizens revisited. Cambridge University Press.
OECD. (2023). Government at a glance: Latin
America and the Caribbean 2023.
https://doi.org/10.1787/ce0c7fbb-en
Portocarrero, G. (2004). Rostros
criollos del mal: cultura y transgresión en la sociedad peruana.
Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.
Soroka, S., Fournier, P., & Nir, L. (2019).
Negativity bias in news. PNAS, 116(38), 18888–18892.
https://doi.org/10.1073/pnas.1908369116
Tanaka, M. (2021). La política
en el Perú: crisis y recomposición. Instituto de Estudios Peruanos.
Tanaka, M. (2015). Los partidos
políticos en el Perú: debilidad institucional y fragmentación.
Instituto de Estudios Peruanos.

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