miércoles, octubre 14, 2026

No confundamos disciplina con autoritarismo

  No confundamos disciplina con autoritarismo

Educar para pensar en tiempos de vigilancia y castigo

Por José Manuel Delgado Taboada

 

 
Un estudiante puede llevar el cabello corto y acosar a sus compañeros. Una estudiante puede tener las uñas sin pintar y arañarle la cara a una compañera con crueldad. También pueden teñirse el cabello o pintarse las uñas y ser personas responsables, solidarias y respetuosas. La apariencia no permite establecer la calidad moral de una persona.

Esta distinción elemental parece perderse en las restricciones anunciadas por la presidenta Keiko Fujimori y su ministro de Educación sobre el cabello, el maquillaje y las uñas pintadas en las escuelas públicas. Los anuncios incluyen criterios sobre el largo de las faldas. Presentadas como parte de la recuperación del orden, estas medidas plantean una pregunta fundamental: ¿qué relación demostrable existe entre controlar la apariencia de los estudiantes y reducir la violencia?

Disciplina y autoritarismo no son sinónimos. La disciplina tiene sentido educativo cuando ayuda a comprender las consecuencias de nuestros actos, asumir responsabilidades y respetar los derechos de los demás. Necesita normas claras, razones comprensibles y consecuencias proporcionales. Su propósito es desarrollar la capacidad de actuar responsablemente, incluso cuando nadie está vigilando.

El autoritarismo convierte la obediencia en un fin. La regla se justifica porque alguien con poder la impone; preguntar se interpreta como insolencia y diferenciarse se vuelve motivo de sospecha. El estudiante aprende que evitar el castigo importa más que comprender el sentido de sus acciones.

La escuela necesita límites firmes frente al acoso, las amenazas, la discriminación y las agresiones. Precisamente por eso debe distinguir las conductas que dañan de las diferencias que simplemente incomodan a los adultos. ¿Qué derecho vulnera un cabello teñido? ¿Qué daño ocasionan unas uñas pintadas? Quien propone prohibirlos tiene la responsabilidad de justificar su decisión.

Existen exigencias de higiene y seguridad con una finalidad concreta: recogerse el cabello durante una práctica de laboratorio, por ejemplo. Pero convertir una preferencia estética en obligación general requiere demostrar su pertinencia. La investidura presidencial no convierte una opinión sobre la apariencia en evidencia pedagógica.

Ante la violencia sexual, fiscalizar las faldas

Las recientes denuncias de presuntas agresiones sexuales grupales en el ámbito escolar hacen especialmente preocupante este enfoque. En septiembre se conoció la denuncia de una agresión contra un adolescente de un colegio administrado por la Marina. Ahora se suma el caso de una estudiante de Talara: Fiscalía y Policía investigan una denuncia que involucraría a diez escolares, varones y mujeres. Los hechos y las responsabilidades deben esclarecerse mediante las investigaciones correspondientes.

En este contexto, incorporar la regulación de las faldas al discurso de recuperación del orden merece una crítica firme. Mientras necesitamos respuestas frente a quienes agreden y frente a las fallas institucionales que permiten la violencia, se vuelve a colocar bajo inspección el cuerpo de las estudiantes.

La responsabilidad de una agresión sexual corresponde a quien la comete. La obligación de prevenirla y atenderla corresponde a las instituciones. Ninguna de esas responsabilidades depende del largo de una falda.

No hace falta que una autoridad culpe expresamente a las víctimas para que sus medidas refuercen esa lógica. Cuando la seguridad se discute junto con exigencias de recato femenino, se corre el riesgo de enseñar que las estudiantes deben modificar su apariencia para evitar ser agredidas. Así se desplaza hacia las posibles víctimas una carga que no les corresponde.

El derecho a estar segura no aumenta con los centímetros de tela. Tampoco disminuye por incumplir una regla de uniforme. Una estudiante tiene derecho a recibir protección sin que se examine primero si su ropa, maquillaje o comportamiento satisfacen las expectativas morales de los adultos.

Ante una denuncia de violencia sexual, corresponde preguntar qué ocurrió, cómo proteger a la persona afectada y qué responsabilidades deben esclarecerse. El largo de su falda no responde ninguna de esas preguntas.

Una escuela que enseñe a pensar

Mi preocupación va más allá de estas prohibiciones. Veo en ellas una concepción educativa que idealiza el regreso a una escuela de obediencia incuestionable: estudiantes alineados, cuerpos uniformados y autoridades que no necesitan explicar sus órdenes.

Una formación integral exige aprender a formular preguntas, contrastar fuentes, reconocer prejuicios, evaluar evidencias y revisar conclusiones. El pensamiento escéptico implica pedir razones y estar dispuestos a cambiar de opinión ante mejores argumentos. El pensamiento científico exige someter nuestras afirmaciones a prueba. Esa exigencia debe alcanzar también a quienes gobiernan.

Sería contradictorio enseñar a un estudiante a desconfiar de una noticia falsa mientras se le exige aceptar sin examen cualquier afirmación de una autoridad. También lo sería pedirle que denuncie un abuso mientras aprende que contradecir a un adulto constituye una falta de respeto.

Una educación que aspira a prevenir la violencia debe enseñar que la autoridad también tiene límites.

Desde esta preocupación corresponde discutir el reemplazo de los lineamientos de Educación Sexual Integral y la ausencia de filosofía como asignatura independiente. Son procesos distintos: los lineamientos de ESI fueron sustituidos en mayo de 2026; la pérdida del espacio curricular independiente de filosofía es anterior a este Gobierno.

La responsabilidad política, sin embargo, no empieza ni termina con una presidencia. También debe examinarse la trayectoria de los partidos, sus actuaciones parlamentarias y sus alianzas. El fujimorismo y los sectores con los que articula su agenda educativa deben responder por las iniciativas que promueven y respaldan. Ese examen requiere identificar su participación concreta en cada decisión, sin confundir fechas ni atribuirles actuaciones que no se hayan documentado.

La educación sexual debe permitir comprender el consentimiento, reconocer la coerción, identificar situaciones de abuso y pedir ayuda. La formación filosófica debe ofrecer oportunidades para examinar razones, discutir valores y cuestionar aquello que se presenta como incuestionable. Estos aprendizajes merecen un lugar sustantivo en una escuela comprometida con la autonomía y la protección de sus estudiantes.

Una ideología que se presenta como neutral

La presidenta también ha anunciado un «recorte de la ideología» en los textos escolares y ha asegurado que los próximos materiales saldrán «sin ningún tipo de ideología». Sin embargo, sus propuestas expresan una concepción reconocible de la educación: una preferencia por la uniformidad, la regulación diferenciada de la apariencia según el sexo y una autoridad que establece cómo deben presentarse los estudiantes.

A mi juicio, esa es una orientación conservadora y autoritaria. Puede discutirse y someterse al escrutinio público. Lo cuestionable es presentarla como ausencia de ideología, como si únicamente los demás tuvieran valores, intereses y una determinada visión de la sociedad.

Llamar “ideología” a las ideas ajenas y “orden” a las propias no convierte estas últimas en verdades neutrales. Decidir qué diferencias deben prohibirse y cuánto espacio se concede a la autonomía supone adoptar posiciones sobre las personas y sus relaciones con el poder.

Por eso debemos exigir que la revisión de los textos tenga criterios públicos: qué contenidos se cuestionan, qué errores contienen, qué evidencia justifica modificarlos y quién realizará esa evaluación. Corregir información falsa y mejorar el rigor de los materiales son responsabilidades educativas. Excluir perspectivas porque incomodan al Gobierno sería una forma de censura.

Defender el pensamiento crítico tampoco significa que todas las afirmaciones tengan el mismo valor. Significa distinguir hechos, interpretaciones y juicios de valor; contrastar las afirmaciones verificables con evidencia y examinar los fundamentos de cada posición. Ese procedimiento debe aplicarse tanto a un texto escolar como a un discurso presidencial.

Una escuela comprometida con la autonomía intelectual debe ofrecer herramientas para reconocer y evaluar distintas posiciones, incluidas las del Gobierno. La promesa de eliminar toda ideología se vuelve especialmente peligrosa cuando permite imponer una visión política mientras se niega que pueda ser cuestionada como tal.

Profesores que rompan el molde

Necesitamos profesores capaces de cuestionar las prácticas autoritarias que la escuela ha normalizado. Docentes cuya autoridad se sostenga en el conocimiento, la coherencia y el trato justo; que sepan establecer límites y explicar sus razones.

La referencia a Vigilar y castigar, de Michel Foucault, ofrece una lente para examinar cómo la vigilancia, el examen y la sanción pueden organizar instituciones alrededor de la normalización de sus integrantes. Cuando la escuela concentra su atención en inspeccionar cabellos, uñas y cuerpos, debemos preguntarnos cuánto de su tarea educativa está siendo desplazado por esa voluntad de control.

El docente necesita criterio propio para evaluar las disposiciones que aplica: qué aprendizaje favorecen, qué derecho protegen y qué efectos producen. Cumplir una orden no elimina la responsabilidad de examinar si ocasiona humillación, exclusión o un trato injusto.

Romper el molde exige prácticas concretas: abrir espacio a preguntas incómodas, reconocer errores propios, resolver conflictos sin humillar y permitir que los estudiantes participen en la construcción de acuerdos. Exige distinguir una agresión de una diferencia estética y responder de manera proporcional a cada situación.

La formación del pensamiento crítico empieza en esa experiencia cotidiana. Pierde credibilidad pedir a los estudiantes que cuestionen afirmaciones sin evidencia si las decisiones del propio docente se presentan como incuestionables.

Convertir al profesor en inspector de la apariencia empobrece su profesión y reduce la educación a una rutina de vigilancia y castigo.

El orden debe proteger

También merece cuestionarse la distinción anunciada entre escuelas públicas y privadas. El ministro ha sugerido que quien quiera teñirse el cabello podría buscar una institución privada que lo permita. La capacidad de pagar otra escuela no responde a la pregunta esencial: ¿por qué esa restricción sería necesaria para educar a quienes asisten a una institución pública?

En un país golpeado por extorsiones y asesinatos, el discurso gubernamental de recuperación del orden debe evaluarse por su capacidad para proteger vidas. Vincular ese discurso con el control de los peinados escolares no demuestra que tales restricciones contribuyan a enfrentar la violencia.

Una escuela ordenada en apariencia puede seguir siendo profundamente insegura. El silencio de un aula no permite saber si alguien está siendo acosado, si una denuncia fue atendida o si un estudiante tiene miedo de hablar.

Necesitamos protección efectiva de las víctimas, atención oportuna de las denuncias, acompañamiento socioemocional y docentes preparados y respaldados para intervenir. Esas responsabilidades exigen recursos, trabajo sostenido y evaluación de resultados.

Como psicólogo y educador, defiendo una disciplina orientada al cuidado, la responsabilidad y la autonomía. Una disciplina que permita convivir entre personas que piensan, se ven y se expresan de maneras diferentes.

El cabello corto no acredita integridad. Las uñas pintadas no demuestran indisciplina. Una falda no explica una agresión. La obediencia ciega tampoco constituye una formación integral.

La escuela debe formar personas capaces de pensar, convivir y responder por sus decisiones; ciudadanos que puedan reconocer una injusticia y cuestionarla, incluso cuando provenga de una autoridad. Reducir esa tarea a vigilar la apariencia y castigar la diferencia es renunciar a una parte esencial de la educación.