sábado, diciembre 29, 2007

Burócratas


(Escrito el 27 de diciembre a las 8:30am).

El presidente regional de Áncash es uno de los grandes ejemplos de la ineficiencia burocrática peruana. Apenas gasta el 48% de su presupuesto, y de ello el 17% del canon minero. El resto del dinero duerme el sueño de los justos ganando intereses que quién sabe a quién redituará. Pero no solo las cabezas están corrompidas, como tampoco tenemos solo en la región ancashina estos lastres.

Nosotros hemos vivido esta conspicua ineficiencia connacional en carne propia el día 26 del presente en Trujillo. Mi mamá y yo iniciamos una investigación genealógica hace un par de años de palabra y un par de meses de obra por un bisabuelo anarquista y escapista que apenas ha dejado rastro de su existencia. Tuvimos ayer una maratónica jornada de Pilatos a Herodes, o de la ceca a la Meca, como se dice, que ya relataré.

Estuvimos indagando, en primer término, entre las iglesias más antiguas de la ciudad –San Lorenzo y San Francisco- buscando la partida de bautizo de un tío abuelo, uno de los hijos del bisabuelo, a fin de corroborar el segundo apellido de este último, en vista de que, como llegó al Perú perseguido por la revuelta anarquista catalana de 1909, había utilizado, en ciertos documentos, algunos datos falsos; ora bien, en otros, recelosamente, apenas daba su primer apellido. Si bien en San Lorenzo nos atendieron de buena gana y accedieron a nuestra petición de búsqueda, en San Francisco por el mismo favor la encargada frunció el ceño y citó a mi madre para el día siguiente a media hora antes del cierre del local –quién sabe si para cerrar y no atender-. Pero eso no es nada comparado a lo que nos pasó más adelante.

Pasamos también por el centro de Trujillo, también, en parte, porque en La Industria habían avisado que la exposición acerca del Desagravio a Vallejo, por el incendio y posterior juicio que lo llevó a prisión, que ya había terminado antes de nuestra llegada –era hasta mediados de diciembre-, pero que había sido supuestamente ampliada hasta el mes de enero. Entonces fuimos al local donde estaba indicado que era la exposición y nos tocó el típico guachimán Pacheco, puros nones y prepotencia, e indicó que no sabía nada de una exposición de esa índole, que esa ya había acabado hacía tiempo, y que seguro se trataba del día de los inocentes. Casi se me salió preguntarle cuándo él celebraba el día de los ignorantes, por confundir la fecha, pero lo dejé allí.

Saliendo del local, algo contrariada y molesta por el trato del guachimán, mi mamá me contó que su papá había conocido a su abuelo materno –el que estamos buscando- en el Grupo Norte, grupo de intelectuales que incluía a Vallejo, a Haya de la Torre, Alcides Spelucín, Antenor Orrego, Macedonio de la Torre, Carlos Valderrama, entre otros. Es decir, mi abuelo materno, por un lado, y mi bisabuelo materno, por otro, habían pertenecido a ese grupo de intelectuales de renombre, y podíamos descubrir alguna imagen de este último en alguna de las fotos de dicho grupo. Mi mamá, entonces, me convenció de ir a la municipalidad, porque ahí había una fotografía del Grupo Norte, enmarcada, en la que podría, con algo de suerte, verse al bisabuelo entre los intelectuales contertulios.

Entonces fuimos a la municipalidad, o dicho de otro modo, los dominios del Enano. Qué horrible color tiene ahora, afeando toda la Plaza de Armas, un azul pitufesco, emulando quizá la envergadura del burgomaestre, además de los colores de su partido. Tampoco se ha salvado el escudo de Trujillo a sus poco sobrias preferencias. Allí nos enteramos de que la foto del Grupo Norte había sido removida porque en ella aparecía el fundador del APRA. El cuadro está ahora guardado y sin acceso al público. Todavía más ridículo que el color de su ratonera, este Enano. Figúrense que privar a la ciudad de un cuadro histórico en el que aparecen Vallejo, Orrego, Spelucín y varios más personajes ilustres de la solariega ciudad colonial de distintas tendencias, solo por sus propios resentimientos políticos. Debería saber el Enano que ese cuadro es de todos, y que ser el alcalde no le da derecho a estas infantiles acciones. En fin, proseguimos nuestro recorrido hacia el local de La Industria.

Allí solicitamos información acerca de cómo comprar un diario de 1991 y otro de 1916, pero que por el momento no sabíamos las fechas y las tendríamos que buscar. Nos dijeron que teníamos que tener las fechas precisas para ver aquellos documentos. Entonces le dije a mi mamá que vayamos a la Biblioteca. Allí una señorita nos atendió muy bien, aunque el encargado de la hemeroteca no había llegado todavía, y que volviéramos en la tarde para encontrarlo. La señorita nos dijo que ella le informaría y dejaría indicados los paquetes de diarios que íbamos a usar, porque se encontraban en el segundo piso del archivo. Entonces nos fuimos a almorzar y de paso a buscar unos libros que quería comprar, aunque terminé comprando otros, pues no encontré en 5 librerías los dos textos que quería de Herman Hesse –en una tienda ni sabían quién era, muero-. Regresamos a la biblioteca y nos dejaron pasar amablemente, y entonces nos sumergimos en tres paquetes de periódicos de Julio, Agosto y Setiembre de 1991. Habíamos solicitado estos tres meses porque mi madre había estimado la fecha de la publicación del año 91 y una serie de datos combinados la habían hecho restringir la búsqueda a esos meses (la visita de una prima que vivía en Europa, los meses de edad de mi hermanito, etc.).

Me era imposible no detenerme en los titulares de la época, el olor agradable de los periódicos amarillos, Hernán Romero todavía con cabello, Fujimori hablando de los derechos humanos –jajaja-, Gorbachov haciendo las últimas reformas de la Perestroika y Mandela visitando a Fidel Castro. Me fue también imposible no reparar en la forma en que conservan estos archivos. Una pena. El placer de las polillas. Los diarios apilados en paquetes, desamparados ante el lento flagelo del tiempo. Encontramos, sin embargo, rápidamente lo que buscábamos. Mientras madre buscaba los periódicos de agosto y yo los de julio, y los de setiembre habían quedado a medias si es que no encontrábamos la noticia, logré encontrarlo: era el ejemplar del jueves 18 de julio de 1991. La columna “Sucedió hace 75 años”, es decir, del martes 18 de julio de 1916.

“Atropellado por un automóvil.
El sábado último a las 9:35am fue atropellado por el automóvil No. 2 el joven Enrique Hernández, empleado de la Botica Central, quien al ceder la vereda a unas señoritas transeúntes recibió un tremendo golpe en las espaldas que lo derribó ocasionándole una herida en la barba. El joven Hernández fue atendido en La Librería Popular por su dueño señor Vives Terradas.”



En el rostro de mi mamá no cabía la alegría. Por fin confirmaba el dato que estaba buscando. La abuela se lo había dicho, pero en el registro de la librería el bisabuelo había puesto otro segundo apellido. Recogimos los periódicos y los dejamos aplicadamente tal y como los habíamos solicitado y encontrado. Preguntamos por los periódicos de comienzos de siglo y nos dijeron que fuéramos o bien a La Industria, o bien al Archivo Regional. Regresamos volando a La Industria. Las mismas chicas que nos atendieron estaban todavía allí, aunque nos miraron con una cara rara. Mi mamá espetó triunfante la fecha del diario de 1991, y yo agregué la del diario de 1916. La chica escribió algo en su computador, siempre con la cara extraña, y dijo que no era posible, que saldría como s/. 500 soles, que no era posible revisar un diario tan antiguo, cuando nos había dicho lo contrario la primera vez que fuimos.

Salimos y mamá no se dio por vencida, la próxima parada era el Archivo Regional de La Libertad. Quería registrar el original, el periódico de 1916 que ampliaría la noticia, quizá con un segundo nombre o una increíble foto del bisabuelo. Llegamos algo cansados, ya, por todo el trajín. La encargada, impávida, frente a la solicitud de mi madre, siguió haciendo sus cosas otros diez minutos, y cuando mi mamá ya dudaba si preguntarle si nos iba a atender o no, se acercó con una cara de gárgola y me cerró la puerta entreabierta, donde me posaba. De una hilera lateral, apareció un enternado chimpancé haciendo nones sin haber escuchado la petición, como amaestrado para decir no antes de que se le pregunte nada. ¡Sin haber escuchado ya estaba diciendo que no el hijo de puta! Qué bestia, era el récord de la incompetencia y la mala educación.

Nos fuimos indignados, fastidiados, dolidos. Por supuesto, tengo todas las influencias –y las ganas- para cagarlos como bien se merecen, pero me detiene el sentido moral, pues la vara no es precisamente una herramienta válida para ajusticiar a estos mequetrefes, aunque bien se merecen un par de palazos por su estúpida actitud de poder frente a los que solicitan su ayuda. Deberían entender que se encuentran trabajando ahí para el pueblo, o mejor dicho, que reciben sueldo del pueblo, o que su trabajo consiste en atender al pueblo, y no es posible que en eso único que hacen no lo hagan bien. No se trata de que sean apristas, upepistas o antiapristas; aquí los trujillanos –y los peruanos en general- sufrimos los retrasos por la incompetencia de burócratas sin importar su camiseta política-ideológica, los cuales solo se dejan guiar por su ineptitud y sus ganas de no trabajar o de no hacer las cosas. Tenemos que luchar contra este cáncer sudaca si queremos salir adelante como país. Ah, y por supuesto, ya déjense de huevadas y cómprense aunque sea un par de computadoras usadas. Hasta cuándo vamos a vivir en la prehistoria de los catálogos de archivos en la biblioteca, la Región y las iglesias. Hay gente que parece no advertir que el siglo XXI está frente a sus ojos, y que el dinero está llegando hace buen tiempo y no son capaces de mejorar las cosas. Conspicuos burócratas.

Postdata. Del bisabuelo ya les contaré más en otra ocasión, quizá de una manera más extensa y por otro medio. Por mientras seguiremos investigando.

lunes, diciembre 24, 2007

Noche Mala


(Escrito entre las 00:50 y las 1:40am del 24 de diciembre, en un bus de Lima a Trujillo).


Para nadie resultará nuevo, si me conoce, que no son de mi agrado los convencionalismos. Particularmente la navidad me resulta un tiempo a veces molesto, no solo por la obvia incompatibilidad del caucásico y abrigado vejete en un trópico de cholos, de la solemne y grasienta pomposidad del pavo horneado con exquisiteces cuando normalmente no alcanza ni para el pollo con puré de papas, y del acto irracional de tomar chocolate caliente en la semana de mayor temperatura promedio del año; sino también de las no menos falsarias y ahuecadas reuniones “familiares” en las que se intenta demostrar una opulencia que no se tiene, y una unidad hipócrita y dudosa compartiendo con gente que de otra manera no verías el resto del año. Sí, el ejemplo perfecto son las inaguantables e imperecederas viejas que no sabes de qué parte del árbol genealógico de la familia vienen, y que te saludan prensando tus cachetes aunque ya tengas 22 años. ¿Acaso alguien las visita? ¿O se acuerdan de sus cumpleaños? No, desde luego. Estoy viajando a Trujillo a una versión más actual de estas inefables reuniones. Felizmente son una vez al año. Al menos fui sincero y les dije a mis padres que no tenía el mínimo interés en ir, pero por supuesto apareció el rollo populachero y colectivista, absolutamente indefendible y demagógico del no seas malo, hijito.

En fin, aquí me tienen, pues, viajando a Trujillo una vez más. Pero, como ningún mal viene solo, a pesar de que al menos no vine en esos transportes del infierno de Ormeño o Cial –sino en Ittsa, altamente recomendable, dicho sea de paso-, como siempre, me tocaron los peores huéspedes que a un viajante de mis características le puede tocar. Sí, una niña de unos cuatro años, sentada adelante, me hacía la vida imposible con su inacabable curiosidad de egocéntricos decibeles. Por si fuera poco, pusieron una de esas cochinas películas hollywoodenses dobladas –cuándo no en los buses-, y a todo volumen, desde luego, como para constatar que estamos en el tercer mundo. Como supondrán, me había puesto a leer, pero el mundo no quería que lo hiciera y tuve que tragarme el estúpido argumento de la película o ganarme ochenta canas, algunos vestigios de arrugas y centímetros cuadrados más de calvicie prematura en el heroico intento de seguir leyendo. Era una de esas horribles películas de Amanda Bynes; en esta ocasión se disfraza de su hermano para demostrar que puede jugar fútbol como los hombres. Qué tributo a la intrascendencia, no me jodan. Debería escribir un tratado de neofeminismo, mejor. En fin.

Una vez que acabó ese suplicio, pensé que podía leer. Pero no era todo, a mi derecha un cerdo infeliz roncaba como si tuviera un rayador en la garganta. Por suerte se ha callado hace unos segundos y no me desconcentra para desahogarme de su porcino dormitar y de las demás vicisitudes de mi tragicómica vida. Pero desde luego no me ha dejado leer a placer, el maldito. A esta gente deberían prohibirla o condicionarla a ciertos parámetros. Ah sí, métanse sus derechos por el culo. Por qué esas compañías que no tienen nada mejor que hacer que inventar maneras estúpidas de vender estúpidos inventos dizque utilísimos a precios regalo, no inventan algo que de verdad vale la pena como un callador de ronquidos o un artefacto similar que de verdad sí que es desesperadamente necesario para no tener que reprimir las ganas de silenciar a puñetazos a estos miserables que no te dejan leer, ni dormir, ni vivir en paz. Tuve que irme, finalmente, a un asiento desocupado de atrás a poder conciliar algo de sueño.

Por qué, además, no amonestan a la gente que lleva niños a los lugares públicos como el teatro, carajo. Hace poco, asistí a cuatro de las seis funciones del grupo de teatro del colegio de mi hermano, y siempre tuve la perra suerte de que por lo menos una vieja estúpida llevara a un chibolo en esas edades tan insoportables en las que solo preguntan y preguntan y preguntan y no ven ni mierda y no tienen que hacer nada en esos lugares. Y cuando uno voltea con cara de puta madre, me están cagando la vida, la vieja siempre te mira como si estuviera orgullosa de la impertinencia del niño y de la aún mayor impertinencia de haberlo llevado a ese sitio. Sí, sí, no me gustan los niños pequeños. Ojalá no tenga hijos. Seguramente les pondría un bozal porque no sería capaz de aguantar tantas preguntas estúpidas ni invasiones tan espantosas del espacio. Pero es que no tienen que hacer nada ahí, pues, carajo. Que los lleven cuando les sirva y cuando no jodan al resto. En el Perú es deporte nacional joder al otro.

¿Hasta cuándo mantendremos ese comportamiento tan sudaca de no respetar o tomar en cuenta la proxémica, el respeto por el espacio? ¿Por qué tienen que poner al tope el volumen de las estúpidas películas dobladas que siempre pasan en los buses? ¿Tan difícil es mejorar el servicio y brindar la comodidad de escuchar y ver la película O NO y no obligar a la gente a tragarse 90 minutos de cursilería barata? ¿Y qué pasa si yo no quiero ver esa mierda de película y quiero emplear mejor el tiempo y leer? Por qué me hacen la vida tan difícil. ¿Por qué los microbuseros tienen que gritarle al mundo que escuchan la mierda de música que escuchan reventándole los tímpanos a todos los demás? ¿Es que quieren vengarse con nosotros los universitarios, aparte de subirnos el precio cuanto mierda les da la gana, por la vida miserable que les tocó vivir? Por qué tienen que restregarle en los oídos a todos sus ganas de escuchar SU música. ¿Para qué mierda se inventaron los walkman? Y que no vengan a joder que son caros, porque por lo menos tienen un pariente que o bien los trafica o bien los roba y luego los vende por ahí.

Por qué no me dejan en paz ni siquiera en la víspera a la que ustedes llaman Noche Buena. A veces desearía ser tan estúpido y creer en que Papá Noel es una muestra más de unión y amor y no un boom mediático de Coca-Cola y el capitalismo. A veces me gustaría ser tan ingenuo y creer que la navidad en efecto es una fecha de reflexión y no una invitación al consumo y la mercadotecnia. A veces desearía ser tan rudimentario y común como para disfrutar viendo esas películas tan estúpidas en lugar de preferir leer y cagarme el hígado en el intento. A veces preferiría no asquearme y no sembrarme el cáncer moliéndome las facciones y encaneciendo mis cabellos de la cólera, de la impotencia y la vergüenza de soportar su barbarie, su inherente bestialidad, ustedes hombres comunes. Cuando un niño de cuatro años haga estas preguntas lo secuestraré y lo adoptaré como hijo. Y ya mejor me despido, porque el cerdo del rayador en la garganta ya empezó de nuevo a fustigarme la paciencia. Y temo perderla y patearle el asiento o tirarle la Incakola que sobró de la merienda que repartió la azafata. Feliz navidad.

domingo, diciembre 16, 2007

Verdad

Habría que estar loco para ser normal.

También funciona con 'común'.

Libertad

La única libertad posible es la de poder mandar a la mierda a todo el mundo sin reparo. Vacaciones. Punto.

sábado, diciembre 15, 2007

De monos con uniforme y lobos esteparios

La constatación más tangible de que estamos en el tercer mundo son unos monos con uniforme, popularmente conocidos como cobradores. Cada día están peor. Le faltan el respeto a las señoras, ponen horribles concatenaciones de sonidos a todo volúmen -según ellos es música-, su timbre, tono y locución de voz carecen totalmente de educación, son inherentemente violentos, muchas veces también sucios, y un largo etcétera. Ya no sé si es que leo en los micros por el puro placer de hacerlo, o más bien para no tener que avergonzarme de entrever que esos individuos son de mi misma especie. Por suerte hoy terminé La Hora Azul en la peluquería, ora esperando a que una horrible vieja optimista se esmerara en desafearse, ora evitando que mis ensortijados cabellos húmedos cayeran bailando sobre el referido texto mientras lo leía desentendido del mundo. Y aunque comencé unas horas después, en otro trayecto, otra obra también en el micro, El lobo estepario, me sentí particularmente identificado con el personaje quejumbroso de los excesos de sus isogenotípicos congéneres.

"¡Ah, es difícil encontrar esa huella de dios [la minúscula es mía] en medio de esta vida que llevamos, en medio de este siglo tan contentadizo, tan burgués, tan falto de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención?... ".

"... Y en efecto, si el mundo tiene razón... si esta música de los cafés, estas diversiones en masa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento. ..."

De Adrián Ormache también pude destacar una frase que la utilicé ayer debatiendo con una amiga acerca del financiamiento extranjero y sus posibles motivos ideológico-políticos: los pobres no son buenos por ser pobres. Esa frase tiene mucho de cierta; no se puede hacer, bajo ningún concepto, apriorismos, menos aún cuando tienes que convivir con estos monos con uniforme. Menos mal que está la lectura para intentar disiparse. Aunque sigue la infinita paciencia de soportar las bajezas de todo tipo de entes, conductores, cobradores, peatones, políticos, religiosos, educadores, abogados, etc. Uno no puede sentirse bien cuando, respetuoso de las señales de tránsito, solo cruza, como peatón, -por la línea cebra, por supuesto- cuando el semáforo da rojo; y es a uno al que lo miran como si fuera el que está mal. Lo mismo que cuando pido que bajen los ingentes decibeles en los que los transportistas insisten en mantener sus horribles músicas, lo mismo que al gritarles: "¿Por qué tienen que ensuciar?", con todo derecho, a unos estúpidos contadores que llenan las calles de papeles arrugados por manifestar en su colegio profesional. La humanidad es tan frustrante a veces que uno se siente un lobo estepario inmiscuido en una grisácea y ajena ciudad llena de monos con uniforme.

miércoles, diciembre 05, 2007

Vagabundo

Ayer mi hermano me contó que iba a representar a un vagabundo en una obra teatral. Necesito un vestuario apropiado, ¿me prestas tu pantalón y tu casaca? dijo con esa solemnidad que vuelve imposible distinguir si era una broma o si era en serio. Luego se la probó en el espejo y dijo: Está perfecto.
Hoy apareció un vagabundo en Los Simpsons. Sí, tenía la misma casaca que la mía. En qué momento el mundo se empezó a burlar de mi ropa.

martes, diciembre 04, 2007

Por qué no te callas, segunda parte.

Un brindis por los estudiantes venezolanos, que a punta de coraje, heridos y hasta un muerto, consiguieron lo que parecía imposible: derribar a una versión politizada y fascista de King Kong. Hoy solo quiero celebrar la derrota de Huguito. No me importa, por ahora, meditar en las oscuras estratagemas que estará rumiando para el futuro cercano. Tampoco me importa demasiado analizar las elecciones y la idea de que la derrota de Chávez fue calamitosa y se intentó camuflar. Suficiente y satisfactorio es que perdió. Que en Venezuela ganó por fin la inteligencia a la prepotencia. Que sudamérica rechaza el totalitarismo. Por eso brindo con ustedes, conchalevale, pue.