lunes, octubre 08, 2007

Sobre la felicidad

Hace un par de días tuve sendas conversaciones en el messenger que me llevaron a seleccionar mis intervenciones en torno a un tema específico. Verteré ahora el contenido de ambas, intentando guardar cierta lógica argumental.
Que sea agnóstico no me convierte en una persona absolutamente gris... el existencialismo no necesariamente tiene que ser fatalista, hay otros tipos de trascendencia, la misma que manifiesto a través de un sincero interés por estudiar el ser humano, desde diferentes ópticas, desde diferentes perspectivas, manteniendo, a través de estas un ojo crítico y otro ávido de comprensión, de curiosidad. Considero que la apertura es fundamental, el gusto por el eclecticismo, la diversidad, la no fijación en axiomas, dogmas o creencias, sino la simple complicidad del curioso que investiga, entiende, transita entre los hombres, entre los grupos, entre las sociedades, sin dejarse llevar por nada que no sea la misma apertura al conocimiento.
Esta apertura, considero, es la que me permite, entre otras cosas, toparme con espasmos de felicidad inexplicables y efímeros. Apertura que se entiende en términos de alerta, de atención, pero también de una actitud hacia la vida misma, las personas, los eventos, los momentos.

Para mí la felicidad no se explica, se vive, no tiene razón de ser, simplemente viene y la coges, el momento que te dure, y eso no significa que el resto del tiempo vives triste, pues no hay contraparte, no hay antagonismo, no hay dualidad. Para mí, la felicidad no es un estado, está en el aire, hay que saber respirarla. Está ahí, en un día soleado, en el arcoiris, en el canturrear de unas palomas, en la añoranza que producen las notas de una guitarra, los versos de un poema. Cuando menos te lo esperas, aparece espontáneamente, sin aviso, sin razón. Y es que en su transitoriedad, en su inaprensibilidad, en eso consiste su misticismo.
Uno solo puede ser consciente de ella cuando esos instantes en el que el corazón está inexplicablemente arrebozado, llegan a su fin, porque una vez que te das cuenta se te va, te das cuenta cuando ya te pasó, o cuando estás al límite, en el momento en que está pasando... ese día en el que te levantaste distinto, en el que no seguiste la rutina, en el que viviste tu día como si fuera el primero, como si aprendieras a bañarte, a lavarte los dientes por primera vez... o cuando de pronto sientes energía extra, cuando tienes ganas de saltar por una canción, un poema, un capítulo interesante, una obra entera, una mirada, un buen ejemplo, lo que sea que te haga saltar, sonreír, lagrimear... te dan ganas de correr, de aprovechar el día, sientes que estás volando sobre el mar, planeando sobre las nubes, las manos rozando pastizales, los pulmones respirando aire prístino... en ese momento en el que cobras consciencia de ello, es porque llega a su fin, pero no por ello vuelves a la tristeza, al vacío, a la consciencia de la falta-de. No.

Yo creo que las creencias, en líneas generales, lejos de procurarte felicidad, lo que hacen es satisfacer la necesidad de control percibido -tan inherente al ser humano- producto del miedo al vacío, a la incertidumbre, o a la muerte, concretamente. Las creencias, como tales, son simples asociaciones de ideas que no tienen por qué mantenerse en el tiempo, pues nada sino ellas mismas lo justifican. La transitoriedad, por otro lado ineludible, el inconstratable paso del tiempo, finalmente vencen a estas ataduras mentales. Entonces, o bien estas burbujas de mundos fatuos revientan y uno se enfrenta de lleno con el vacío, o bien uno cree que es capaz de alcanzar la felicidad en tanto un estado, como si fuera posible asirla, lo cual le restaría intensidad a la naturaleza de la misma, a todas luces efímera, impredecible, inaprehensible. Entonces, lejos de procurarte una verdadera felicidad, las creencias te proporcionan un manojo de escudos y burbujas, mundos de supuesta pero finalmente fatua felicidad, en los cuales refugiarte, volviendo muy difícil, sino imposible, estar alerta de estos espacios, de estos momentos, instantes de verdadera felicidad que aparecen de repente y sin razón. El truco es, a mi modesto parecer, tratar de procurársela -la felicidad- en los detalles, en procurar que la vida misma sea un concierto de buenas vibraciones, y eso, considero, solo es posible a través de la apertura como un estilo de vida. Se trata de una buena praxis, que seguramente será más manejablemente emulada en la constancia, pero que nunca se va a alcanzar porque sí, pues no es algo gratuito, sino un ejercicio permanente.

Y sin embargo respeto las creencias. Y sin embargo me aproximo hacia a ellas, o a los grupos que las comparten, o concretamente a los individuos que las incorporan, defienden o legitiman, con una actitud abierta, cálida, sincera, tolerante. Pues mucho he de aprender de ellos.

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