domingo, junio 18, 2006

Misticismo futbolero

Hace poco reí al escuchar a Martha Hildebrandt en un reportaje sobre los peruanos que odian el fútbol, repitiendo la frase de su padre: "El que juega fútbol patea su cerebro." De otro lado, ayer de casualidad reparé en un artículo de Hugo Neira, La República 17/06, en el que afirmaba haber asistido al estadio de muchacho con Basadre, y que este gustaba de correlacionar lo que acontecía en el gramado con la realidad nacional.
Pero no solo hay intelectuales que critican o aman al deporte rey, conozco varios de aquellos amigos que lejos de animarse o emocionarse por aquestas fechas, mas bien se deprimen, se ofuscan o se afectan. Mencionar a los otros, que corean el comercial de Coca Cola y hasta mueven el brazo izquierdo cuando lo pasan, no es necesario, dado el enorme peso social del fútbol en el orbe, que lo convierte en la cosa más importante de las cosas menos importantes. Centrémosnos en los primeros.
Lógicamente, si el fútbol consistiera en seguir de manera autómata la trayectoria de la pelota los noventa minutos de juego, sería el primero en desacreditarlo. Pero gracias a la providencia, es mucho más que eso. Es, a mi entender, básicamente, una expresión de fervor, de compañerismo, de entrega, de mística. Es una sinergia de múltiples factores que convergen, fluctúan y armonizan un producto complejo, que, aunque mueva miles de millones de dólares, y haya servido para legitimar a tiranos, es mucho más que el 'pan y circo' del capitalismo tardío.
No solo hay esquemas tácticos y análisis surtidos de rimbombantes excentricidades verbales de reporteros surferitos. Tampoco hay solo pichiruchis, borrachines y violines futbolistas que se tiran el sueldo en bataclanas lorchas y demasiado perfumadas. Hay pasión en el aire, en los cafetines, en los bares y en las casas, hay fervor en las caras de millones de seguidores que vociferan, gritan y lloran a pesar de estar a miles de kilómetros de sus once connacionales representantes. Allí los hombres y las mujeres -y eso es nuevo- conversan con desconocidos, se hacen bromas como si se trataran de amigos de antaño, respiran ese ambiente alegre que solo el fútbol puede conseguir. Después de todo, solo el fútbol ha logrado que EEUU e Irán practiquen el juego limpio en el Mundial de Francia en 1998. Después de todo, solo el fútbol ha logrado reunir a autoridades antagónicas, rivales y hasta enemigas en pos del futuro del deporte de sus naciones, como el gesto de las Coreas de unir sus selecciones a partir del 2007.
Todos somos libres, en efecto, de seguir o no a esta o aquella disciplina, de tener nuestras preferencias o divergencias. Lo que sí me parece por lo demás prudente es entrometerse en el llano hasta de lo que no nos gusta, tratar de empaparse un poco del significado, de su sustancia, con la finalidad de comprender. No se trata, pues, mis amigos antifutboleros, de negar toda aquella pasión de masas solo por el hecho de ser masiva. Esa actitud no lleva a nada, solo a esa malsana neuroticidad occidentalista de erigirse en torno a la negación. La definición de lo propio no debe partir de la negación de la otredad. Negar al mundo, a la masa, a la expresión natural de los sentimientos no es una buena salida. Que esa no sea una razón para deslegitimar al fútbol. La masividad no implica falta de cultura, sino simple y pura emotividad. Un despertar del hemisferio izquierdo, de esa subjetividad hermosa que como humanos no debemos negar.
La subjetividad no es mala. El fútbol tampoco.

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